El sospechoso palco de la FIFA

Mi amigo

Es un mundial extraño, agridulce.

En Qatar no se respetan los derechos humanos, existen condiciones de trabajo similares a las de la esclavitud y las libertades ciudadanas están acotadas.

Pero al mismo tiempo es un momento de alta competencia, una agenda que ocurre cada cuatro años y que es uno de los fenómenos de la globalidad. Es el Mundial.

Es una contradicción, por supuesto, la que atañe a la defensa de ciertos valores, pero que terminan en una especie de resignación.

Un ejemplo es la presencia de un sospechoso de asesinato en el palco principal del estadio Al Bayt.

Sí, junto al más alto directivo de la FIFA, Gianni Infantino, estaba sentado el príncipe saudí Mohamed Bin Salmán, implicado en la muerte del periodista de The Washington Post, Jamal Kashoggi.

Un crimen ocurrido en el consulado de Arabia Saudita en Estambul.

Debió ser perturbador para Infantino el estar a centímetros de semejante personaje, pero igual no, quizá cree que el mundo es injusto con el príncipe y primer ministro.

Los negocios son los negocios y más si se aceitan con las relaciones públicas.

El sospechoso palco de la FIFA

Después de todo, las cuentas respaldan a la FIFA que tendrá ingresos por 7 mil 500 millones de dólares, mil millones más que en Rusia 2018.

Es más, Infantino podría argumentar que Salmán es inmune como jefe de estado y no le faltaría razón, porque es lo que acaba de determinar el Departamento de Estado, a pesar de que, en Washington, todos están convencidos de que es al autor intelectual del crimen.

Los familiares y amigos de Kashoggi tendrán que esperar a que haya justicia.

Pero esto no impedirá que hagamos una inmersión en el Mundial de Qatar, que nos emocionemos a partir de esta semana y que, en el caso de México, pensemos en el quinto partido.

¿Contradictorio todo esto? Sí, sin duda. Un reflejo del planeta en el que vivimos, pero también es la consecuencia de mayores niveles de información.

La FIFA nunca ha tenido remilgos morales, no es cosa de ahora que sean como son.

Pensemos en la Italia de Mussolini o en la Argentina de Videla, por dar dos pistas, pero están por todos lados. 1934 y 1978. Dos salvajes en el poder y sus equipos resultaron campeones.

Pero no es culpa del futbol, sino de realidades políticas e internacionales que no se pueden esquivar con facilidad.

La buena noticia es que el dilema tiene solución.

Celebrar el mundial 

Celebremos el mundial y condenemos lo que está mal ahí donde se realiza la competencia.

A fin de cuentas, quizá no tendríamos claridad de lo que ocurre en Qatar de no ser por la cita de las selecciones nacionales y de su alcance de cientos de millones de espectadores.

Algunas selecciones nacionales están tratando de dar a conocer problemas.

Como los iraquíes que no cantaron su himno nacional como protesta o los futbolistas que intentan mandar el mensaje de que la diversidad sexual debe ser respetada. Que ruede el balón y que se enciendan las conciencias.


Publicado en Forbes México el 22 de noviembre de 2022.

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