Cada quien su guerra



Ciudad de México.- “Al que le va a dar le va dar y al que no pues no”, dijo la señora rechoncita que frisaba los 68 años mientras amasaba la masa de las garnachas en la esquina de la avenida 20 de noviembre y el callejón de San Jerónimo, donde se esconde el templo de San Miguel Arcángel, una estructura de arquitectura virreinal, que ha sobrevivido en el corazón de México a revoluciones, sismos y transformaciones desde hace 500 años.



Esa avenida, trazada a mediados del siglo pasado desemboca a la plaza emblema del país: el zócalo de la Ciudad de México, ningún día deja de ser pisada por transeúntes y ello ha hecho proliferar el ancestral comercio informal, ese que en la antigua Tenochtitlán llamaban trueque y ahora ambulantaje con la diferencia de que los aztecas intercambiaban mercancía y en estos días hay extorsiones de grupos crimínales a los comerciantes, no importa si son los que menos tienen. Es la ley de la selva de concreto aunque por estos días parece por instantes quedar congelada. Hay lapsos donde se ven calles vacías pues en las noticias y las redes sociales se dice, se repite, se grita, vaya es de lo único que se habla, que un nuevo virus, más letal que la influenza AH1N1, que desató una epidemia en 2009 en México, anda suelto y ataca ferozmente a los gorditos, aquellos que no se resisten a una quesadilla de maíz azul sumergida en grasa con chicharrón prensado; a los diabéticos fanáticos a la bebida esa capitalista de jarabe de Cola; a los hipertensos, personas negadas a la existencia del sabor si no hay sal; y a los viejitos, esos mayores a los 60 años, un baluarte en esta época del gobierno de don Andrés Manuel, hombre sexagenario, conservador de izquierda, poderoso por haber empoderado en el nuevo milenio a los millones de adultos mayores de capital del país cuando fue Jefe de Gobierno.



La proposición de doña Claudia era apodíctica, encerraba una verdad que no dejaba lugar a dudas. Ese enunciado sólo se le habría podido ocurrir al filósofo de Güemes, pero eso no es el punto, sino que se lo había espetado de golpe a Juliana, una joven rolliza, sentada parecía un panal de abejas.



La chica que esperaba impaciente su gordita de chicharrón escondía sus ojos llorosos con unas gafas oscuras que topaban con un accesorio de moda llamado cubrebocas, un pequeño trapo de tela que hoy vale más que un barril de petróleo mexicano. La comparación viene a cuento porque hace unos días se desató una guerra por El Oro negro, el cual desde que México es nación ha mantenido en pie la economía mexicana, entre los rusos y los árabes que lideran la OPEP. Según los enviados del ahora presidente Andrés Manuel, quien vive por la zona en el Palacio Nacional, hicieron un acuerdo mal logrado, vociferan los especialistas en la prensa y en Twitter, que desató su furia y venden y venden petróleo en todo el mundo dejando la demanda de los barriles mexicanos en un valor menor a cero. Eso no lo vio ni el genocida Díaz Ordaz, ni el innombrable Salinas, ni el economista Zedillo, menos el vaquero Fox, el ilegitimo Calderon o el corrupto Peña.



Para el caso es lo mismo porque en medio de todo este embrollo que surgió de las palabras de doña Claudia, quien al día se gana unos 300 pesos con su sazón y unos litros de grasa, el hilo conductor es el mentado virus importado de China, quesque debido a que a un asiático se le ocurrió comerse un murciélago. Así nació el famoso Coronavirus que ha dado un frenón a la economía de la mayoría de los mexicanos que han seguido la instrucción de las autoridades con un famoso lema que reza: “Quédate en Casa”. ¿Quién pensaría que estar en casa salvaría a la humanidad del arma más letal que se haya conocido en una guerra mundial?



Doña Claudia no cuenta en esta coyuntura que muchos llaman guerra sanitaria porque ella va al día, si no sale a moler la masa no hay dinero y sin dinero no tiene como mantener a su hija, la Lupita, una jovencita tímida, a los 17 años parió a Jesús y al día de hoy se pregunta quién es el padre por lo que está en la fila de las madres solteras, un segmento de la población consentido en la sociedad chilanga al que desde hace más de una década el gobierno les regala unos 500 pesos al mes, eso sí la plata nunca es suficiente para la mayoría del mexicano pues renta al no tener vivienda digna como lo marca la Constitución y muchas veces ni educación, como también lo dice la Carta Magna y menos empleo. Viéndolo con ligereza no pasa nada, en México puede haber 80 millones de pobres, pero en sus leyes tienen derechos humanos. ¡Cómo chingados no!, diría Villa si viviera.



Juliana hacía tañer el vidrio de su refresco de Cola con los tubos del puesto metálico de doña Claudia tan agudo como suenan las campanas de la Catedral, hoy clausurada también por el bicho ese mortal.



— ¿Apúrese con mi gordita? — le gritó Jualiana a doña Claus, así la llamaban los clientes del Centro, desde empresarios fifis hasta comerciantes chairos.



— ¡Perdón güerita! — exclamó la doña que mientras freía la gordita le contaba a su marido que su amiga tenía una vecina que era enfermera del IMSS, la cual le había dicho que estaban aterrados del miedo porque no tenían mascarillas para atender a las decenas de enfermos que llegaban al Centro Médico Siglo XXI con dolor de cuerpo y síntomas de gripa. Sin embargo, eso no era lo que le había angustiado a doña Claus, sino que su amiga le contó que diario había más de diez muertos que iban apilando en bolsas negras y en las actas de defunción no se escribía el Coronavirus. Le ponían neumonía “atípica”.



— Ya mejor démela para llevar que tengo que ir a ver a mi tío que está enfermo de gripa desde hace seis días. — dijo molesta Juliana.



— Ya voy, se la freí más por si por ahí anda el virus, no vaya a ser, dicen que se muere con el calor — soltó doña Claus, quien ni en época de epidemias perdía el buen humor.



“Ándele pues”, dijo la joven tras pagar 25 pesos y guardó la gordita en su bolsa de manta porque ya no dan bolsas de plástico en la Ciudad, era medio día de un lunes que parecía domingo y corrió para cruzar 20 de Noviembre, siguió todo San Jerónimo, pegada a la barda de lo que fuera el Convento del mismo nombre, y desde hace unos años se convirtió en Claustro de universitarios. La construcción que va de las calles 5 de Febrero hasta Isabel la Católica fue fundado como Convento de Nuestra Señora de la Expectación, perteneció a las monjas de la Orden de San Jerónimo de la Ciudad de México en la Nueva España y ahí destacó la poetisa Sor Juana Inés de la Cruz, tan célebre ahora en la CDMX donde ha crecido con fuerza un nuevo feminismo y la tienen como estandarte esas chicas que portan pañuelos verdes en el cuello, no para protegerse de un virus, sino para mostrar su apoyo a la interrupción legal del embarazo y además de aguerridas bailan una canción que dice: Y la culpa no era mía/ Ni cómo vestía/ Ni dónde estaba / ¡El violador eres tú!



Juliana entró al edificio que está en la esquina de Isabel la Católica y el andador de Regina, que hace años fuera regenerado y ahora está invadido de chelerías, también cerradas por eso del Coronavirus que tiene en casi estado de emergencia la ciudad.



Cuando iba hincarle el diente a la gordita de chicharrón, escuchó un balbuceo de su tío.



Le pregunto a su hermano, un muchacho de 16 años quien dejaba sus ojos horas frente al YouTube, que cómo estaba el tío.



— Muy mal, pero no lo he entrado a ver porque que tal que me contagia, ademas en el Locatel nos dijeron que hay que estar aislados entonces sólo le pregunté en la mañana cómo había amanecido y apenas me dijo “cansado” y parece le faltaba el aire.



— ¡No seas tonto! — gritó Juliana y entró corriendo a la habitación. Su tío había seguido todas las indicaciones dadas en Locatel desde hace una semana cuando se había sentido mal. Recuerda que un día llegó con mucha fatiga del trabajo y pensó era normal porque dar mantenimiento a los trenes del Metro no era algo sencillo. El tío Roberto tenía 69 años y esperaba diciembre con ansias para jubilarse. Tras ver en las noticias que si tenía síntomas de gripa debía llamar al Locatel siguió la indicación y le hicieron un cuestionario básico, le pidieron esperar en casa donde en unos días le llevarían un kit con paracetamol, una despensa y cubrebocas. La única indicación fue guardarse en su cuarto lejos de toda la familia, si era Coronavirus podía infectar a alguien más y así estuvo los largos seis días.



Juan, el hermano de Juliana, cuenta que le dijo que cada día se sentía peor, era como una gripa aunque muy dolorosa, un día incluso sentía le quemaban la espalda con un soplete de esos usados para reparar los viejos trenes de 1984, los cuales tras una manita de gato vuelven a dar servicio a cinco millones de personas al día en el Metro de la CDMX.



Por puro morbo, Juan se puso a buscar en YouTube sobre el Coronavirus y encontró datos científicos y varias teorías. Una de ellas llamó más su atención. La teoría afirmaba no era un virus sino una arma química hecha por Estados Unidos y esparcida en China para iniciar la tercera guerra mundial.



Otra contaba que el Trump lo había creado y regado por Italia, España y Francia con el propósito de hundir a la Unión Europea, ya debilitada por el Brexit, y así apoyar a la corona británica a seguir siendo la primera potencia del mundo.



No obstante la que más le hizo sentido fue esa que decía que el billonario Bill Gates lo había creado para dominar el mundo y hacer una irrupción tecnológica en la que el mundo cambiaría y ahora todos los habitantes del planeta estarían obligados a modificar sus hábitos laborales y sociales pues al dejar en cuarentena a todo el mundo por más de dos meses se iba a comprobar que la vida puede seguir con la tecnología y entonces habría un cambio del paradigma laboral porque muchas empresas pondrían en marcha eso del trabajo en casa y hasta los taxis empezarían a funcionar sin un chofer. Todas las teorías sonaban extremas y veraces. También en su paso por la red cayó en una entrevista del filósofo de la era Fernando Savater, quien decía que no hay tal guerra. Advertía que Hobbes basó su doctrina del Estado absoluto en el miedo. Aseguraba que el miedo es el primer sentimiento que hace que respetar al Estado por la creencia de que si no se tiene amparo de las instituciones del Estado la vida sería más breve, brutal y estremecedora. “El miedo es un argumento a favor de decir: “‘métase debajo de mi ala que yo lo protejo’”, afirmaba el filósofo en la entrevista con el medio digital americanuestra.com y después razonaba que en los días de la pandemia se había impuesto entre las personas la metáfora de que el Coronavirus es como la guerra. “No, no estamos en guerra. Lo que pasa es que la apelación a la metáfora de la guerra justifica todos los maximalismos, justifica todos los atropellos a las libertades individuales, justifica que no se conceda ningún valor a la decisión personal, sino que todo venga impuesto desde arriba. Que el Estado sea cada vez más intrusista en nuestra vida para protegernos sería muy peligroso”, se leía en la entrevista y las palabras hacían eco en la cabeza de Juan.



La realidad en México para ese día 30 de la cuarentena mostraba 872 muertos y se estimaban unos 80 mil contagiados como el tío de Juan.



Por la noches salía un epidemiólogo de apellido López, quien actualizaba las cifras en cadena nacional y lo mismo era criticado por maquillar los datos que idolatrado por ser un doctor de Harvard, quien había luchado hace diez años contra el AH1N1 y salvado a los mexicanos de la muerte.



Al ver a su tío, Juliana entró en shock, el cuerpo robusto estaba inmóvil, postrado en su cama. En una horas había dejado de respirar con normalidad y hundía el pecho. Los labios se le empezaban a poner morados.



“¡Llámale a la ambulancia” — gritó Juliana a Juan con desesperación. El mozalbete se salió de YouTube y marcó el 911. Pasaron 10 minutos y sonaba una musiquita pegajosa que decía: “Quédate en casa/ Quédate/ Quédate/ En Casa...



En la línea se escuchó la voz de una joven y Juan le dijo a toda velocidad que necesitaban una ambulancia para su tío enfermo de Coronavirus, ya no podía respirar. Le hicieron una serie de preguntas y pasaron otros 10 minutos.



Juliana mientras intentaba dar primeros auxilios a su tío, le puso jarabe de Cola en los labios y el tío iba perdiendo la conciencia.



En la CDMX las ambulancias pueden tardar hasta 50 minutos en llegar a un percance. Y así pasaron los minutos como si fueran horas.



Juan escuchó las sirenas de la ambulancia y bajó rápido a abrir la puerta para dejar entrar a los paramédicos quienes de inmediato empezaron a rociar la casa con unos tanques que parecían de oxígeno, lo que le faltaba a su tío, y se pusieron unos trajes blancos como del hombre en la luna y entraron al pequeño cuarto donde yacía el cuerpo de Roberto.



Juliana al verlos esbozo: “no te debía dar, tío” y se desmayó al saberse en una sociedad enfrentada a la muerte y el duelo colectivo.