Lula, un dique para la destrucción de la democracia

Mi amigo

Es el tiempo de la izquierda en Latinoamérica.

Si se pintara el mapa de rojo, veríamos que solo desentonan Guatemala, República Dominicana, Costa Rica, Panamá, Paraguay, Ecuador y Uruguay.

Pero es una estampa engañosa, porque son proyectos políticos muy distintos en los que, por ejemplo, tienen muy poco que ver los presidentes de Chile y Argentina con las dictaduras de Cuba y Nicaragua.

Y hay pocas líneas de semejanza entre lo que ocurre en México o lo que acontece en Perú.

Por no hablar de la disonancia que implica Venezuela respecto a cualquier rasgo democrático.

Es en ese contexto, en el de su complejidad, es en el que hay que valorar el triunfo de Lula Da Silva en Brasil.

Sería un equívoco colocarlo en una zona ideológica radical, cuando por necesidad tendrá que actuar conciliado a un país por demás dividido.

Lula, además, representa, a un izquierda racional y moderada.

Esto le permitió, en su primer mandato, sacar a millones de personas de la pobreza, pero sin generar una ruptura con los poderes económicos que suelen ser conservadores.

Lula, un dique a la destrucción de la democracia 

Pero Lula ganó, entre otras cosas, porque supo separarse del veneno que esparce Jair Bolsonaro, quien sí es un personaje que muestra la composición del populismo de derecha e inclusive del neofascismo.

Un dato que no hay que perder de vista, es que Lula fue en la fórmula con Gerardo Alckim como candidato a vicepresidente, quien es líder del centro derecha, que gobernó el país entre 1995 y 2002, con Fernando Henrique Cardoso.

Es más, Alckim contendió con el propio Lula en 2006.

¿Qué los unió? La defensa de la democracia.

Una lección, sin duda, en momentos en que el avance de los populismos amenaza con destruir mucho de lo avanzado en el mundo entero.

Lula y Alckim dejaron atrás diferencias ante el enorme riesgo que significaba un nuevo mandato de Bolsonaro, donde habría consolidado sus alianzas con los militares y probablemente impedido que se pudiera generar una colación como la que ahora resulto triunfadora.

El experimento de Brasil puede ser el inicio de una nueva conformación política en las naciones del continente, donde las posibilidades de convergencia se alineen, precisamente, en la protección de la democracia y de las sociedades de derecho.

Después de todo, el voto de los brasileños de este domingo, es un no al populismo y una nueva oportunidad a la política democrática.

El próximo presidente, quien tomará posesión en enero, en su mensaje del triunfo, estableció líneas específicas: “Brasil tiene necesidad de paz y de unidad. Gobernaré 215 millones de brasileños y no solo a los que votaron por mí. No hay dos Brasil, somos un solo pueblo, una sola nación”.

Y fue más allá: “ninguna persona quiere a una familia dividida, donde reine la discordia, nadie quiere vivir en un país dividido”.

Pero no será sencillo para Lula, porque tendrá que enfrentar a un congreso donde la mayoría la controlan Bolsonaro y sus aliados. A ello hay que sumar que el triunfo del Partido de los Trabajadores fue cerrado, con un 50,9% contra el 49.1 del Partido Liberal.

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