Ciudad de México.- Juan Gabriel lo volvió a hacer, hizo Bellas Artes suyo. Se escuchan sus canciones, pero él se mantiene en silencio, todo lo que dio anteriormente hoy le es devuelto: melodías, letras, tiene a sus pies a miles de fanáticos que sin conocerse se han unido para desearle que ahora esté en un lugar de ambiente, donde todo sea diferente.
Fue una espera larga, siete días en los que estuvo en alma y sentimiento. Se rezaron rosarios fuera de Bellas Artes, los mariachis nos callaron en Garibaldi, él no necesito que se le fabricara un homenaje, el pueblo lo hizo. Pero fue el lunes, aquel 5 de septiembre que será recordado porque Juanga regresó a la Ciudad de México.
Las filas han sido interminables, el recinto en el que alguna vez hizo vibrar con coros y vestuario despampanante no lo deja ir, toda la noche permaneció abierto a su público. Un urna con la Virgen de Guadalupe avisaba que él se había ido.
Entre los fanáticos que aguardan para despedirse hay quienes recuerdan sus conciertos, se cubren del sol para después hacerlo de la lluvia, no hay un control preciso de la gente formada y cuando alguien se llega a meter en la tan anhelada fila para poder ingresar al recinto los gritos se empiezan a escuchar y quienes cuidan las filas solo se limitan a decir: pues ustedes sáquenlos.
El Divo ha muerto, pero con él ha despertado un fenómeno que no se recordaba, tuvo el poder de unir a clases sociales. También hizo que mucha gente pudiera comer hoy, esa que vive del comercio informal, esos que llevan más horas en la Alameda que cualquier fan. Se venden discos, posters hasta banderas con su cara.
Hoy regresará a Ciudad Juárez, pero nos dejará el recuerdo de un hombre con gran legado, una persona a la que su pueblo siempre le fue fiel y que quedaron con ganas de él.
La pena aquí no existe, cuando la fila se encuentra con una megapantalla colocada en la Alameda, el sentimiento es mutuo y se unen en coro.


