En el corazón de Coyoacán, entre calles adoquinadas, cafés bohemios y tradición, se esconde uno de los tesoros naturales más antiguos y valiosos de la Ciudad de México: los Viveros de Coyoacán. Un oasis de más de 39 hectáreas donde la historia, la naturaleza y el descanso conviven al ritmo de los árboles.
Fundado en 1901 por el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, este lugar nació con una misión ambiciosa: reforestar la capital y educar sobre el valor de cuidar nuestros ecosistemas. Lo que comenzó con una hectárea donada por Quevedo creció, gracias al apoyo del gobierno de Porfirio Díaz, hasta convertirse en el primer vivero forestal del país y, más tarde, en Parque Nacional en 1938.
Aquí se han producido más de un millón de árboles para zonas verdes de toda la CDMX. Entre las especies que habitan los viveros se encuentran pinos, encinos, eucaliptos, cipreses, jacarandas, fresnos y cedros blancos, entre muchas otras. Algunas de estas especies fueron plantadas desde principios del siglo XX, y aún sobreviven como verdaderos gigantes testigos del tiempo.
Uno de los elementos más queridos por los capitalinos es la pista de arcilla que rodea el vivero, de aproximadamente 2.5 km. Esta pista, incorporada en los años 80, se diseñó para ofrecer una opción cómoda y suave para los corredores. Hoy es punto de encuentro de miles de personas que hacen ejercicio al amanecer o al atardecer, entre árboles centenarios y ardillas juguetonas.
Los Viveros son más que un parque: son una memoria viva de la ciudad, un lugar para respirar, aprender y reconectar.
Si no los conoces, este es el momento.
Camina, corre, contempla.
Y deja que la naturaleza haga su parte.


