Ciudad de México.- Los ojos del crucificado están extraviados, como si estuviera a punto de perder la conciencia. El cansancio escurre por su frente, resbala por su cuello. Su estómago se contrae, y las piernas y los pies le tiemblan; pese a ello su voz encuentra la manera de salir y hacerse escuchar.
El sol está en lo alto y el llanto de María llena cada rincón del Cerro de la Estrella. La Cruz está bañada en luz y casi no es posible voltear a verla. Los Clarines que anuncian la condena de Jesús de Nazaret resuenan como si se tratara de un grupo de más 200 hombres; pero sólo son 39 músicos los que participan.
Mientras el cuerpo de Cristo es elevado en la cruz de madera, que pesa aproximadamente 100 kilos, la multitud se arremolina a los pies de Eder Arreola, quien fue el joven seleccionado en Iztapalapa para representar al hijo de Dios.
Las bocinas que colocó la delegación permiten que la voz de Eder viaje hasta los oídos de los casi 850 mil espectadores de la Pasión de Cristo. Los asistentes están desperdigados en el camino rumbo al cerro, la Macroplaza, las calles aledañas al metro y los ocho barrios de Iztapalapa.
Los niños, los jóvenes junto a sus hermanos, los adolescentes “cheleando”, los adultos, las señoras de la tercera edad, las mujeres con sus bebés en brazos y cualquier cantidad de personas se alinea, se acomoda, se forma, camina calle abajo, se empuja…
En la punta más alta, bajo los pies sangrantes de Cristo, guardias romanos rodean y detienen a quienes tratan de acercarse.
Las cámaras, los micrófonos, los celulares y el equipo de la prensa se confunde con la muchedumbre. Todos quieren tener la mejor imagen, ya sea para publicarla o para alimentar su fe.
También, entre todos esos sonidos se esparce una voz de soprano, que se lamenta porque el pueblo judío entregó a su Rey para ser crucificado. El sol quema, Cristo padece y la Virgen llora. Es el cuarto día de representaciones en Iztapalapa, es Viernes Santo.
Cientos de granaderos resguardan las calles de camino al Cerro. Los cuerpos policiacos están acomodados, pero en momentos se pierden entre los fariseos, los caballos, los creyentes, los vendedores ambulantes y los medios.
Alrededor hay cuerpos de emergencia y de la Cruz Roja que atienden a los heridos de la Pasión: Niños con golpes de calor y lastimados por apresurar el paso.
La procesión piden permiso a la gente o simplemente la arrolla. Los romanos vienen en caballos liderando los grupos y los actores no pierden el personaje en las condiciones adversas.
La gente los adora, incluso a Judas, que es conocido por ser un traidor. Los niños le piden monedas y él las lanza a sus manos. Después de Cristo, es el intérprete más celebrado.
Todos lo miran y lo señalan cuando pasa, cuál pasaje de la Biblia es identificado por haber entregado al hijo de Dios; la diferencia es que no lo rodea el pueblo judío sino el mexicano.
La típica Representación de la Pasión de Cristo, durante la Semana Santa en Iztapalapa, que se organiza desde la tercera década del siglo pasado, convocó este año a un total de casi dos millones de asistentes, dos mil nazarenos, mil guardias romanos, once mil 800 policías del gobierno central y delegacional y 173 actores con parlamento.
Las centenas de Nazarenos vestidos de blanco y morado arrastran su cruz en el hombro y aguantan los dos kilómetros que contempla el Vía Crucis.
De subida al Cerro algunos lloran, otros se doblan por el cansancio, los más sudan y se sonrojan a causa del calor, la presión o el sufrimiento.
Sus familiares les abren camino y los motivan para llegar a la parte más alta, donde con sus cruces de dos metros esperarán a que Cristo luzca en lo alto.
Las miradas apuntadas hacia las tres cruces, empañan el ambiente esta tarde. Después de las tres caídas, que soportó Jesús. Miles de ojos esperanzados o curiosos lo contemplan desde abajo.
La tradición, la religión, la fe, el juego, el sentido de pertenencia y la convivencia comulgan en este espacio que alberga a los fieles y los turistas. Todos ellos presentes para caminar junto a Dios, para verlo o para sentirlo.


