Semiconductores, tierras raras y una pregunta incómoda

Durante los últimos años hemos escuchado una y otra vez que el futuro del mundo depende de los semiconductores. Los titulares hablan de la competencia entre China y Estados Unidos, de fábricas de chips, de inteligencia artificial, de tierras raras y de nuevas cadenas de suministro.

Pareciera que el planeta entero gira alrededor de unos cuantos milímetros cuadrados de silicio (principal elemento químico en que se basan los semiconductores).

Y, en cierta medida, es verdad.

Un semiconductor está presente en prácticamente todo lo que utilizamos. Desde un teléfono móvil hasta un vehículo eléctrico, pasando por sistemas médicos, infraestructura energética, telecomunicaciones o inteligencia artificial.

Lo mismo ocurre con los llamados materiales críticos. Litio, cobalto, níquel, galio, germanio o tierras raras han pasado de ser términos reservados para especialistas a convertirse en recursos estratégicos para las principales economías del mundo.

La disputa tecnológica actual es, en el fondo, una disputa por conocimiento. Quien domina los materiales, los procesos de transformación y las capacidades científicas asociadas posee una ventaja económica y geopolítica difícil de igualar.

Sin embargo, detrás de esta carrera tecnológica existe una pregunta que rara vez aparece en los debates públicos.

¿Para qué queremos toda esa tecnología?

La pregunta parece sencilla, pero resulta incómoda. Porque mientras discutimos sobre inteligencia artificial, computación cuántica o manufactura avanzada, millones de personas enfrentan problemas mucho más elementales relacionados con alimentación, acceso al agua, salud o deterioro ambiental.

La humanidad nunca había tenido tanta capacidad tecnológica. Tampoco había acumulado tanta información. Sin embargo, seguimos observando regiones donde producir alimentos es cada vez más difícil, donde los acuíferos muestran señales de agotamiento o donde los ecosistemas enfrentan presiones crecientes.

Existe una paradoja evidente. Somos capaces de fabricar dispositivos con estructuras medidas en nanómetros, pero con frecuencia mostramos enormes dificultades para garantizar condiciones mínimas de bienestar para amplios sectores de la población.

Parte del problema radica en que hemos confundido medios con fines.

▪ Los semiconductores son medios.
▪ La inteligencia artificial es un medio.
▪ La energía es un medio.
▪ La economía es un medio.

El bienestar humano debería seguir siendo el fin.

Durante décadas, las principales disputas internacionales estuvieron asociadas al petróleo. Hoy hablamos de minerales estratégicos, centros de datos y cadenas globales de valor. Mañana probablemente hablaremos de nuevos materiales aún más sofisticados.

Lo que permanece constante es la tendencia a concentrar la atención en aquello que genera poder económico inmediato.

Lo preocupante es que, mientras tanto, otras prioridades parecen perder relevancia.

Una de ellas es la producción de alimentos.

Resulta sorprendente observar cómo muchas sociedades han llegado a considerar normal depender de cadenas de suministro extremadamente largas para algo tan básico como la alimentación. En numerosos países, la población urbana crece mientras disminuye el interés por las actividades agrícolas. El productor envejece. Los jóvenes migran. Las tierras productivas cambian de uso. El conocimiento tradicional desaparece silenciosamente.

Paradójicamente, la agricultura sigue siendo una de las actividades más estratégicas para cualquier nación.

Ningún país puede comer semiconductores.

La frase puede parecer obvia, incluso un poco humorística, pero encierra una realidad profunda. Podemos sobrevivir temporalmente sin teléfonos inteligentes. Podemos posponer la compra de un vehículo nuevo. Podemos adaptarnos a múltiples cambios tecnológicos. Lo que no podemos hacer es prescindir de alimentos.

Y, sin embargo, buena parte de las políticas de desarrollo continúan otorgando mayor atención a los indicadores financieros de corto plazo que a la capacidad real de producir alimentos de manera sostenible.

No se trata de oponer tecnología y agricultura. Al contrario. La agricultura moderna necesita ciencia, sensores, inteligencia artificial, materiales avanzados, sistemas energéticos más eficientes y nuevas formas de gestión de datos. Pero la tecnología debería fortalecer la producción de alimentos, no desplazarla de las prioridades nacionales.

Algo similar ocurre con el agua.

Las discusiones internacionales suelen centrarse en petróleo, gas o minerales críticos. Sin embargo, en muchas regiones del mundo el agua se está convirtiendo silenciosamente en un recurso tan estratégico como cualquiera de ellos. La diferencia es que la mayoría de las personas sólo percibe el problema cuando abre la llave y el agua ya no está disponible.

Los ecosistemas tampoco suelen aparecer en los titulares económicos. Sin embargo, son ellos quienes regulan buena parte de los procesos que sostienen la producción agrícola, la disponibilidad de agua y la estabilidad climática necesaria para el desarrollo de las actividades humanas.

Quizá por eso la pregunta más importante del siglo XXI no sea quién dominará la inteligencia artificial o quién fabricará los semiconductores más avanzados.

La pregunta verdaderamente relevante es si seremos capaces de utilizar nuestro conocimiento para fortalecer las condiciones que permiten el bienestar humano.

La historia demuestra que las sociedades prosperan cuando logran equilibrar innovación, producción, recursos naturales y desarrollo social. Cuando alguno de esos componentes se descuida durante demasiado tiempo, tarde o temprano aparecen las consecuencias.

La tecnología seguirá avanzando. Los materiales serán cada vez más sofisticados. La inteligencia artificial continuará transformando industrias completas. Todo ello es positivo y necesario. Pero conviene recordar algo fundamental.

Las personas no viven de algoritmos.

“Viven de agua, alimentos, energía, salud y entornos capaces de sostener una vida digna”.

Tal vez la verdadera innovación que necesitamos no consista en construir máquinas más inteligentes, sino en desarrollar sociedades suficientemente inteligentes para no olvidar aquello que las mantiene vivas.

Jorge Antonio Ascencio Gutiérrez
Jorge Antonio Ascencio Gutiérrez
Es profesor del Tecnológico de Monterrey, experto en campos de investigación de nanotecnología, nuevos materiales, fisicoquímica, técnicas físicas para el análisis y preservación del patrimonio cultural, medicina nuclear, nanobiotecnología y desde hace algunos años líder en el campo de desarrollo de tecnologías e innovación hacia la sustentabilidad integral con repercusiones en valor agregado al campo, implementación de soluciones de transformación energética y reducción de impacto por actividades industriales, urbanismo sustentable e inteligente y esquemas de gestión de datos orientados a la repercusión social de las nuevas metodologías de sustentabilidad energética, del agua y de los recursos naturales en general.

RELACIONADO

NEWSLETTER

Loading

MÁS RECIENTE

spot_img