En la Ciudad de México se abrió una discusión que parece estética, aunque en realidad toca algo mucho más profundo: la relación entre poder, espacio público e identidad urbana.
¿Por qué Clara Brugada decidió pintar de morado buena parte de la infraestructura de la capital?
Puentes, bajo puentes, mobiliario urbano y ajolotes gigantes comienzan a formar parte de una misma narrativa visual rumbo al Mundial 2026. Y justo ahí aparece una pregunta incómoda para un gobierno que se asume democrático:
¿Quién decidió que millones de capitalinos debían habitar una ciudad teñida bajo la estética emocional del poder en turno? Porque el color nunca es inocente.
Las ciudades también comunican ideología, control simbólico y visión política a través de su paisaje.
El filósofo y sociólogo francés Henri Lefebvre advertía que el espacio urbano jamás es neutral; siempre expresa relaciones de poder y maneras de organizar la vida colectiva.
Eso es justamente lo que empieza a discutirse en la capital.
El morado posee una enorme carga simbólica. Está asociado al feminismo, la transformación social, la sensibilidad y cierta idea de resistencia cultural.
El problema aparece cuando un símbolo político comienza a convertirse en atmósfera obligatoria para toda una ciudad.
Y ahí entra la parte técnica que suele perderse entre slogans y propaganda.
La arquitectura urbana y la ingeniería vial utilizan criterios científicos sobre colorimetría, reflectancia y percepción visual.
Los tonos claros y anti reflejantes ayudan a mejorar orientación, profundidad visual y seguridad nocturna. En cambio, los colores oscuros absorben luz, reducen contraste y pueden complicar percepción espacial bajo ciertas condiciones.
Por eso las grandes ciudades privilegian blancos, grises claros, azules suaves o materiales neutros en puentes y estructuras de tránsito. No es una decisión estética, es funcional.
Sin embargo, en la CDMX parece imponerse otra lógica: convertir el paisaje urbano en extensión cromática del proyecto político gobernante.
Primero fue el amarillo del PRD. Después el guinda de Morena. Ahora llega el morado de Brugada acompañado de ajolotes por todas partes.
Y poco a poco la ciudad empieza a parecer menos una metrópoli global y más una enorme escenografía identitaria.
El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han ha señalado que las sociedades contemporáneas viven una saturación permanente de estímulos visuales que termina agotando emocionalmente a las personas.
Algo de eso comienza a sentirse en la capital porque el problema ya no es solamente el color.
El verdadero debate gira alrededor de la necesidad del poder de dejar su huella emocional sobre el espacio público.
Y mientras más se politiza la estética urbana, más se diluye la frontera entre identidad de ciudad y propaganda de gobierno.
La pregunta rumbo al Mundial 2026 resulta inevitable: ¿La Ciudad de México quiere proyectarse como una capital sofisticada y cosmopolita o como una gigantesca narrativa visual del grupo político en el poder?
NOCAUT.
Mientras la ciudad se pinta de morado, otra resistencia comienza a crecer en el poniente de la capital.
En Álvaro Obregón ya se agrupan vecinos contra la expansión del Cablebús. Los reclamos hablan de falta de estudios técnicos, riesgos geológicos y ausencia de información clara sobre el impacto urbano de las obras.
Y nuevamente aparece la misma sensación: imposición.
El problema no es necesariamente el proyecto. El problema es la manera en que el gobierno parece asumir que basta anunciar una obra para que automáticamente exista consenso social.
Deberían suponer que gobernar una ciudad global no consiste únicamente en intervenir el espacio público.
También implica escuchar a quienes tendrán que vivir todos los días con esas decisiones.


