El lenguaje de la demagogia

Ciudad de México.- El lenguaje es la más fascinante facultad humana. Es el instrumento con el cual la mente identifica las cosas e interpreta la realidad.

Socialmente, el lenguaje proyecta un código común que los grupos comparten respecto a otros sujetos considerados diferentes.

Desde el punto de vista lingüístico propone explicaciones fonéticas, gráficas o gestuales que hacen posible la comunicación.

El lenguaje representa un sistema que es portador de mensajes, símbolos y ritos así como de determinadas concepciones sobre la vida.

Como relación permite la cohesión social. En su dimensión política el lenguaje se refiere al gobierno de una colectividad.

Analizarlo ayuda a entender las dinámicas del poder. A lo largo de la historia el discurso político ha contribuido al sometimiento de las masas por parte de sus líderes, jefes o mesías.

El lenguaje político permite identificar aquellos gobiernos sustentados en ilusiones, promesas e ideales, pero también en trucos y mentiras que imprimen un carácter unidimensional y monolítico al poder.

En un país gobernado de esta manera el campo del discurso político se reduce, destruyendo la pluralidad democrática previamente existente dando lugar al síndrome autoritario.

Por un lado, el lenguaje demagógico cumple una función de mediación entre los sectores sociales y el bloque del poder político mientras que, del otro, transforma las palabras del gobierno en órdenes que se deben acatar sin discusión.

El lenguaje de la demagogia impone acciones a través de la política-espectáculo mientras que el poder se unifica al verbo del jefe carismático.

Por esta razón, Aristóteles consideraba que la demagogia era la manifestación de una forma corrupta o degenerada de la democracia.

Desde entonces, representa una práctica política consistente en ganarse a través de la manipulación del lenguaje el favor popular por medio de la retórica, la desinformación y la propaganda política.

Los líderes apelan a los prejuicios, las emociones, los miedos y las esperanzas sociales para incrementar su apoyo político.

La demagogia frecuentemente se manifiesta como la expresión de una parte de la sociedad que se concibe como portadora de la verdad.

Una verdad que nada tiene que ver con la objetividad, sino que se refiere, más bien, a la solidaridad ciega de un pueblo con su líder frente a las supuestas maquinaciones de las élites amenazantes y conservadoras.

De aquí surge la exigencia de una verdad alternativa, de una contraverdad, de una verdad verdadera, es decir, de una posverdad -sostenida en “otros datos”- para que sea elaborada y difundida por los propagandistas del régimen.

 

Muchos dictadores como Mussolini o Hitler desarrollaron lenguajes totalitarios.

Ellos fueron legisladores de políticas lingüísticas agresivas, censuradoras y subordinantes.

Contaminaron textos históricos, modificaron nombres geográficos y promovieron desde su discurso, primero la exclusión y posteriormente la persecución.

Se asumían así mismos contemporáneamente como portadores, hacedores y enunciadores de la verdad.

Instauraron el culto a la personalidad como una forma de imitar a los dioses produciendo desvaríos, desmesuras y fantasías, además de crear un sistema de liderazgo centralizado en la imagen del líder.

Los regímenes autoritarios siempre tratan de legitimarse a través de una combinación de llamados a la tradición, al carisma y a la ideología.

El lenguaje demagógico es un problema que escapa a los arquetipos de la sociología y la ciencia política para invadir los terrenos de la psicología.

El máximo peligro para la democracia acontece cuando la palabra es asumida por el poder en términos exclusivos a través de la manipulación de la información.

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Twitter: @isidrohcisneros

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