¿Necesitamos partidos políticos?

El partido

La añeja crisis que afecta a los partidos de la oposición se agudizó con las últimas elecciones presidenciales.

Ello obliga a preguntarse si dadas las nuevas condiciones políticas del país estas organizaciones resultan necesarias con su configuración actual.

Se debe recordar que históricamente los partidos políticos se presentan como asociaciones de interés público que agregan y transmiten las demandas de los ciudadanos promoviendo su participación en la actividad democrática.

Los partidos son institutos de participación política que sirven como un medio para que los ciudadanos formen parte de las estructuras de poder público, por lo que se definen de acuerdo con una larga tradición del pensamiento politológico -que inicia con David Hume, que prosigue con Max Weber y que llega hasta Giovanni Sartori- como estructuras centralizadas de intermediación entre la sociedad y el gobierno.

Sin embargo, y a pesar de las importantes tareas que les asigna la teoría política, se observa un acentuado declive de los partidos como organizaciones que agregan las demandas sociales, como objetos de la lealtad de los ciudadanos, como movilizadores de votos y como actores clave de la política democrática.

Incluso se ha considerado que los partidos políticos actualmente son “redundantes” y que representan una amenaza para la sobrevivencia del pluralismo.

Los mini partidos otorgan su autonomía a los partidos grande a cambio de su supervivencia.
Los mini partidos otorgan su autonomía a los partidos grande a cambio de su supervivencia.

Por ello, resulta pertinente analizar la viabilidad de esas estructuras organizativas basadas en la participación de los ciudadanos pero que tuvieron su origen en lejanas etapas históricas.

Los procesos de secularización, la mayor escolaridad, la expansión de las clases medias, la amplia oferta informativa existente y la agenda política de las minorías, han producido en sectores muy amplios de la ciudadanía un conjunto de valores postmateriales que inevitablemente entran en conflicto con las ideologías tradicionales.

Entre otras lecciones, el pasado proceso electoral evidenció las siguientes problemáticas:

1) que los partidos en lo individual se encuentran prácticamente estancados respecto al número de votos recibidos en elecciones recientes,

2) que cerca de cuarenta millones de ciudadanos no tuvieron interés alguno en acudir a las urnas y lo más preocupante, que 1.5 millones de electores asistieron a las casillas para anular su voto, y

3) que los ciudadanos integraron nuevas agendas políticas que no fueron recogidas por los partidos. Las personas sin militancia política no encontraron opciones partidarias para emitir su voto.

Actualmente, en el sistema de partidos en México se pueden identificar al menos tres modelos de organización partidista: el partido de élites, el partido de masas y el partido “atrapa-todo”.

Las críticas a estos partidos tradicionales conducen a una crítica del sistema político en su conjunto, pero esto no significa de ninguna manera un rechazo a la democracia.

Los partidos en nuestro país no han sido generadores de una democracia representativa sino más bien de una democracia delegada.

Sufren de un verticalismo agudo que deriva de su conducción gerencial. Los partidos convencionales han producido ciudadanos que desdeñan la política, configurando una “democracia del descontento” basada en la desconfianza, el escepticismo, la desilusión y el desencanto, produciendo actitudes de rechazo hacia la política tradicional y sus representantes.

La reforma de los partidos que se espera debe provenir de un reencuentro con los ciudadanos.

Se requieren partidos nuevos por su estructura, reclutamiento e ideología.

No se trata solamente de impulsar un cambio, una evolución o una transformación, sino una metamorfosis.

Cambio significa que algunas cosas se modifican y otras permanecen igual.

Por el contrario, la metamorfosis implica una transformación mucho más radical en la cual las viejas certezas desaparecen y nace algo totalmente nuevo.

Urge transformar las estrategias políticas, reapropiarse de aquello que es común a los ciudadanos, asumir el nuevo ciclo histórico que se abre e integrar las orientaciones ideales (que no ideológicas) en función de las nuevas condiciones políticas que México experimenta.

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