Durante años, Morena no solo ganó elecciones, el movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador construyó un metarrelato bien sustentado por el filósofo Enrique Dussel. Y esa diferencia importa.
El filósofo francés Jean-François Lyotard explicaba en La condición posmoderna que los grandes movimientos políticos necesitan algo más profundo que programas de gobierno o popularidad: necesitan un metarrelato.
Es decir, una gran historia capaz de otorgar legitimidad moral, coherencia emocional y sentido histórico al poder.
Eso fue exactamente el obradorismo. La lucha del pueblo contra la corrupción; la regeneración nacional frente al viejo régimen;, la honestidad republicana contra los privilegios y la transformación ética del Estado.
Morena dejó de ser solamente un partido para convertirse en una narrativa histórica.
Por eso el caso Rubén Rocha, gobernador con licencia de Sinaloa investigado por narcotráfico, comenzó a generar un efecto mucho más profundo que un simple escándalo político.
Lo que hoy está en juego no es únicamente la situación judicial de ciertos actores del oficialismo ni la presión creciente desde Estados Unidos.
Lo que empieza a erosionarse es el núcleo simbólico que sostuvo al movimiento durante años y Morena lo entendió rápido.
Las encuestas más recientes muestran un fenómeno políticamente delicado: Claudia Sheinbaum conserva niveles altos de aprobación para estándares mexicanos e internacionales, aunque al mismo tiempo comienzan a aparecer señales claras de desgaste en percepción pública y autoridad moral del movimiento.
Algunas mediciones todavía la colocan arriba de 70% de aprobación; sin embargo, estudios recientes como el difundido por Lorena Becerra muestran caídas relevantes respecto a los niveles de respaldo que alcanzó al inicio de su gobierno.
La caída todavía no es estructural. No obstante, el clima político cambió. La sensación de invulnerabilidad moral comenzó a fracturarse.
Reuters incluso reveló tensiones internas dentro de Morena entre sectores que buscan cerrar filas alrededor del obradorismo duro y grupos alineados con Ariadna Montiel y Sheinbaum que empujan mecanismos de depuración interna rumbo a 2027.
Ahí aparece otro concepto central de Lyotard: la inconmensurabilidad.
El filósofo francés sostenía que existen conflictos donde las partes ya no comparten el mismo lenguaje moral para interpretar la realidad.
Cada grupo observa los hechos desde códigos distintos, imposibles de reconciliar plenamente. Eso empieza a ocurrir en México.
Para Morena, las acusaciones provenientes desde Estados Unidos forman parte de una disputa de soberanía e intervención política.
Para la oposición, representan evidencia de desgaste ético y posible infiltración criminal dentro del oficialismo.
Ambos discursos chocan, aunque ya no dialogan entre sí. Hablan lenguajes distintos.
Y cuando la política entra en esa fase de inconmensurabilidad, la polarización deja de ser únicamente electoral.
Se convierte en una ruptura sobre la manera misma de entender la realidad política del país.
Por eso Sheinbaum modificó rápidamente el tono discursivo del oficialismo.
El debate dejó de centrarse exclusivamente en seguridad o narcotráfico y comenzó a desplazarse hacia soberanía nacional, presión extranjera y defensa institucional del Estado mexicano.
Ahí encajan sus recientes discursos y la ofensiva partidista encabezada por Ariadna Montiel. La maniobra resulta sofisticada.
Morena intenta proteger su metarrelato desplazando el eje de la conversación pública. Sin embargo, el desgaste ya comenzó.
Y cuando un movimiento político empieza a perder autoridad moral, lo primero que entra en crisis no suele ser la popularidad. Es la legitimidad simbólica.
NOCAUT.
Hay otra paradoja silenciosa dentro del ecosistema de Morena.
Durante años, el oficialismo construyó una poderosa red de youtubers, streamers y creadores digitales que funcionan como aparato alterno de propaganda, movilización y defensa narrativa del movimiento.
El problema es brutalmente irónico. Buena parte de esa estructura depende de plataformas estadounidenses como YouTube, propiedad de Google.
Es decir, mientras Morena denuncia injerencia extranjera y defiende soberanía digital, gran parte de su maquinaria de comunicación depende de algoritmos, monetización y reglas definidas desde Silicon Valley.
Y basta una decisión corporativa, un cambio de algoritmo o una política de desmonetización para desaparecer, reducir o marginar buena parte de ese ecosistema propagandístico.
La soberanía narrativa del oficialismo también tiene servidores en Estados Unidos.


