Menos pueblo, más ciudadanos

¿Socialdemocracia o liberalsocialismo?

Menos pueblo. En diferentes ámbitos sociales, políticos y culturales de nuestro país muchas personas se formulan la pregunta: ¿qué está sucediendo con nuestra democracia?

Sobre todo ante la percepción cada vez más generalizada de que actualmente somos testigos de paraísos que se materializan en infiernos y de ideales que no sólo fracasan sino que se vuelven contra nosotros.

La “fábrica de la democracia” se asienta en las ideas y en los ideales formados y seleccionados -y también hay que decirlo, conservados o descartados- a través de los siglos, por la corriente principal de un discurso sobre la mejor forma de gobierno que inició en la antigua Grecia y que fue transmitiéndose de generación en generación mediante las palabras y los conceptos que representan la experiencia política e histórica de la democracia.

Reflexionar sobre ella implica desenmarañar los argumentos sobre lo que la democracia debe ser y puede ser, en oposición a lo que no es y no debería ser.

La polarización política promovida desde el poder ha acentuado entre los mexicanos una distinción entre el pueblo y los ciudadanos.

Es necesario delimitar qué cosa significa uno y cómo se expresa en otro.

Vivimos una época de confusión democrática y para seguir adelante debemos evitar retroceder.

Pero los retrocesos son solo una posibilidad, la otra es pura y simplemente la caída final de la democracia.

Menos pueblo 

Gran parte de las recientes reflexiones sobre la democracia dan por supuesta a la misma democracia.

Sin embargo, las democracias han sido y continúan siendo, propensas al fracaso: tuvieron corta vida y estuvieron mal dotadas para sobrevivir en la antigua Grecia, sucumbieron rápidamente en las reencarnaciones comunales del Medioevo, e incluso hoy, a pesar del culto universal al término democracia, el número de instauraciones pronto seguidas por derrocamientos y/o democracias intermitentes sobrepasa el de las democracias perdurables.

Muchos casos en Latinoamérica así lo demuestran.

La definición etimológica de la democracia es el gobierno o el poder del pueblo.

Si ya era un concepto ambiguo en la antigüedad, en las sociedades modernas su significado ha perdido sentido.

El politólogo Giovanni Sartori, identifica seis interpretaciones del concepto pueblo:

1. literalmente como todo el mundo,

2. como un gran numero indeterminado de personas,

3. el pueblo como la clase baja,

4. como una entidad indivisible y una totalidad orgánica,

5. como la mayor parte expresada bajo el principio de la mayoría absoluta, y finalmente,

6. el pueblo como aquella parte de la sociedad que se expresa como mayoría relativa.

Mayorías y minorías

Los problemas que identifica en estas definiciones son que ninguna democracia ha existido nunca bajo el postulado de incluir a todo el mundo.

Y que el pueblo entendido como el gran número plantea una exigencia imposible para determinar cuántos individuos integran una comunidad globalizada.

Además, la identificación del pueblo con la clase baja es un principio altamente cuestionable porque implica la exclusión definitiva de cualquiera que no pertenezca a esa clase.

Para el caso de la mayoría absoluta solo cuenta la misma mayoría quien decide ilimitadamente por todos, aplastando a las minorías.

El futuro democrático de una democracia depende de la convertibilidad de mayorías en minorías, y a la inversa, de minorías en mayorías.

Consecuentemente, el principio de la mayoría relativa resulta ser el principio de la democracia que funciona democráticamente.

Por ello, en las sociedades contemporáneas el concepto de pueblo ha sido sustituido por el concepto de ciudadanos.

A los ciudadanos se le atribuye la calidad de sujetos de derechos y obligaciones.

Para que una democracia funcione no bastan instituciones justas y eficaces, se requiere de una activa presencia ciudadana para contrarrestar a las democracias sin ciudadanos que genera el populismo.

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