Hay una regla no escrita en la política: cuando los gobiernos se sienten fuertes gobiernan; cuando comienzan a inquietarse organizan sucesiones.
Morena decidió esta semana adelantar el reloj político. Bajo la figura de los Coordinadores de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, el partido abrió la ruta que conducirá a las gubernaturas de 2027. Oficialmente se trata de organización territorial. En los hechos, la experiencia reciente demuestra que esos coordinadores suelen convertirse después en candidatos.
La pregunta no es qué está haciendo Morena.
La pregunta es por qué tiene tanta prisa.
Las elecciones de 2027 todavía parecen lejanas para millones de mexicanos. No para la dirigencia oficialista. Mientras el país enfrenta desafíos en seguridad, crecimiento económico, infraestructura, agua y gobernabilidad, la maquinaria partidista ya comenzó a ordenar candidaturas, medir lealtades y repartir territorios.
La explicación más cómoda es que Morena aprendió de sus propias disputas internas y busca evitar conflictos anticipando reglas. Sin embargo, existe otra lectura. Los partidos suelen acelerar sus procesos sucesorios cuando perciben riesgos futuros. La historia política mexicana está llena de ejemplos. Los liderazgos seguros se concentran en gobernar. Los liderazgos inquietos comienzan a mirar la siguiente elección.
No se trata de afirmar que Morena atraviesa una crisis. Sigue siendo la principal fuerza política del país. Conserva una ventaja territorial considerable y gobierna la mayor parte de México. Pero también es cierto que la marca ya no proyecta la sensación de invulnerabilidad que acompañó los años finales del obradorismo. El desgaste natural del poder comienza a aparecer. La elección de Coahuila mostró que existen territorios donde el resultado ya no puede darse por descontado. Los conflictos internos se multiplican. La transferencia de liderazgo entre Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum continúa redefiniendo equilibrios que todavía no terminan de asentarse.
Por eso resulta particularmente interesante la fotografía de la alianza.
Morena decidió amarrar desde ahora al Partido Verde Ecologista de México y al Partido del Trabajo para enfrentar las 17 gubernaturas que estarán en juego en 2027. La decisión parece lógica. También revela una dependencia que vale la pena observar.
Porque ni el Verde ni el PT se han distinguido precisamente por una disciplina incondicional.
El Partido Verde ha construido una de las trayectorias más pragmáticas de la política mexicana. Ha acompañado al PRI, al PAN y ahora a Morena con una notable capacidad de adaptación. Su lealtad rara vez responde a principios ideológicos; suele responder a las condiciones del momento. El PT, por su parte, ha utilizado más de una vez la presión pública y la amenaza de ruptura como instrumento de negociación política. Ambos partidos han protagonizado desencuentros con el oficialismo. Ambos han exigido espacios. Ambos han recordado periódicamente que su respaldo tiene un costo.
Y ahí surge otra pregunta.
¿Morena los incorpora porque fortalecen electoralmente a la coalición o porque teme descubrir cuánto pesa realmente cuando compite sin ellos?
La duda importa porque 2027 será mucho más que una elección intermedia. Será la primera gran prueba territorial del proyecto político de Claudia Sheinbaum sin Andrés Manuel López Obrador en la boleta, sin una elección presidencial que arrastre candidaturas y con una oposición que, pese a sus propias debilidades, buscará convertir cualquier señal de desgaste en una oportunidad política.
Tampoco pasa inadvertida la integración del órgano encargado de conducir el proceso. La presencia de Ariadna Montiel, Manuel Zavala y el secretario de Finanzas partidista dentro de la estructura electoral envía una señal inequívoca: la dirigencia pretende mantener el control político de la sucesión estatal desde el primer momento.
Nada de ello resulta ilegal.
Todo resulta políticamente revelador.
Max Horkheimer advertía que los movimientos políticos suelen sufrir una transformación silenciosa. Nacen para conquistar el poder en nombre de una causa y terminan dedicando buena parte de sus esfuerzos a conservar la organización que construyeron para alcanzarlo.
Quizá ahí se encuentre la explicación de esta premura.
Morena nació para cambiar el régimen.
Hoy parece cada vez más ocupado en administrar su propia sucesión.
NOCAUT.
Alessandra Rojo de la Vega llegó a la alcaldía Cuauhtémoc convertida en una de las figuras con mayor potencial para encabezar una alternativa opositora en la Ciudad de México.
Sin embargo, el conflicto con Diana Sánchez Barrios comienza a arrastrarla hacia un terreno donde nadie gana prestigio y todos pierden estatura.
La oposición necesita construir liderazgos.
No pleitos de vecindad.
Cuando la política se acostumbra al arrabal, termina pareciéndose demasiado a aquello que prometió combatir.


