La marcha de la Generación Z. Entre lo que vimos en las redes y lo que nos mostró la calle

La marcha convocada bajo la etiqueta de “Generación Z” el pasado 15 de noviembre, reveló una profunda paradoja en la vida pública mexicana, mientras en redes sociales estalló un furor juvenil que parecía anunciar un levantamiento generacional sin precedentes, la presencia real de jóvenes en la calle fue mucho más reducida, inconsistente y heterogénea.

La distancia entre ambos mundos —el digital y el físico— se convirtió en materia de análisis sociológico, disputa política y debate sobre la autenticidad de las nuevas formas de movilización.

En los días previos al evento, plataformas como TikTok, Instagram y X se inundaron de videos e imágenes de supuestos jóvenes indignados por la inseguridad, la impunidad y la precariedad económica.

Muchos de estos contenidos, sin embargo, estaban generados con inteligencia artificial; otros eran testimonios breves y aparentemente espontáneos, y algunos más parecían impulsados por algoritmos o cuentas recién creadas.

La viralización alcanzó niveles que, para expertos y autoridades, levantaron sospechas de amplificación artificial. El gobierno incluso habló de una “campaña internacional de desinformación”, mientras que analistas independientes señalaron actividad coordinada, automatización y un empuje extraño desde el extranjero.

Pero cuando llegó el día de la marcha, la realidad mostró otro rostro. Lejos de estar dominada por jóvenes nacidos entre 1997 y 2012, la movilización presencial fue marcadamente multigeneracional, y en algunos momentos incluso encabezada por personas mayores de 60 años.

De ahí la ironía, una “Generación Z, al cubo”, como señalaron algunos asistentes, donde predominaban quienes no pertenecen ni remotamente a esa generación.

En el Ángel de la Independencia podían observarse estudiantes universitarios, sí, pero también familias, colectivos feministas, trabajadores independientes, militantes y simpatizantes de partidos opositores, así como adultos mayores habituados a marchar por causas diversas desde hace décadas.

Los símbolos juveniles sí estuvieron presentes, carteles de anime, referencias a One Piece, memes impresos, consignas irónicas al estilo TikTok. No obstante, su presencia visual no se correspondía con la composición demográfica real del contingente.

En pocas palabras, la etiqueta “Generación Z” funcionó más como una estética y un discurso en redes que como un reflejo fiel de quiénes estaban realmente caminando sobre Paseo de la Reforma.

La protesta puede entenderse mejor como un fenómeno híbrido, por un lado, una narrativa juvenil que prendió como chispa en redes. Por el otro, una presencia en territorio que rebasó ese relato y lo mezcló con agendas opositoras —especialmente del PAN y del PRI— y con sectores sociales de todo tipo.

Esto planteó una pregunta clave. ¿Representó la marcha un verdadero despertar juvenil o fue un vehículo para mostrar un descontento generalizado?

Los testimonios de jóvenes presentes en la marcha exponen la tensión. Aunque varios asistieron movidos por un “hartazgo” real —la violencia cotidiana, la falta de oportunidades laborales, la ansiedad económica, el desencanto político— también reconocieron que carecían de organización, estructura o liderazgo.

Fueron convocados por una etiqueta viral, por una emoción acumulada, más que por un movimiento cohesionado. Y esta diferencia es crucial, en la historia mexicana, la movilización juvenil ha tenido fuerza transformadora cuando ha logrado organizarse, como ocurrió en 1968 con el movimiento estudiantil, en los años ochenta con las bandas juveniles politizadas o en 2012 con #YoSoy132.

La marcha del 15 de noviembre careció de ese grado de articulación. Fue más un estallido emocional que una plataforma estructurada.

El propio pliego petitorio difundido como “agenda Z” reveló la falta de claridad generacional. Aunque supuestamente representaba las demandas de la juventud, sus puntos —revocación del mandato, reforma judicial, combate a la corrupción, atención a desaparecidos— son temas amplios, transversales, cientos de veces repetidos en agendas opositoras tradicionales.

Lo que no aparecía en el documento eran prioridades básicas de la juventud contemporánea, como el empleo digno, la salud mental, vivienda accesible, movilidad social, educación o medio ambiente. Esto reforzó la idea de que la etiqueta generacional estaba más construida que representada.

El gobierno aprovechó esta grieta. Desde palacio nacional, la presidenta y varios voceros más, señalaron que la marcha había sido inflada artificialmente para simular un levantamiento juvenil masivo, y destacaron la presencia mayoritaria de personas no jóvenes.

Esta narrativa buscó deslegitimar la supuesta “voz generacional”, pero cuidado, encierra peligros, al minimizar o ignorar el malestar real que sí existe entre miles de jóvenes —aunque no hayan dominado la calle— se corre el riesgo de profundizar la distancia entre las juventudes y el proyecto político de la 4T.

La oposición, por su parte, intentó capitalizar el momento. Presentó la movilización como la “primera señal” de un despertar juvenil contra el gobierno, aun cuando las cifras reales no respaldan esa interpretación.

Apostó a convertir un fenómeno digital-juvenil en un capital político tangible, aunque su base territorial —mayoritariamente adulta— contradijera la narrativa.

Al final, lo que la marcha dejó claro es que la indignación juvenil en México existe y es profunda, pero aún no tiene forma orgánica. En redes, la Generación Z es una fuerza masiva, capaz de imponer lenguajes, tendencias y marcos culturales.

Pero en el espacio público presencial, su fuerza política todavía es incipiente, dispersa y fácilmente mezclable con actores tradicionales que buscan beneficiarse de su energía emocional.

La brecha entre el enojo digital y la movilización territorial no se cerró con esta marcha; por el contrario, quedó más expuesta. Por lo que queda abierta la pregunta ¿Puede esta indignación transformarse en un movimiento auténticamente juvenil, sostenido y articulado? ¿O quedará atrapada entre intereses ajenos, etiquetas infladas y el espejismo de la viralidad?

Tal como advirtió el filósofo Byung-Chul Han, “la revolución no se hace deslizando los de dos sobre un smartphone”.

Humberto Morgan
Humberto Morgan
Líder y vocero del movimiento de las Bandas Juveniles en la década de 1980, fenómeno social identificado coloquialmente como “Los Panchitos”. Integrante del Consejo Popular Juvenil, Ricardo Flores Magón (CPJ), primera y más importante Organización de Bandas Juveniles en México. Coadyuvo en la construcción del proyecto Centros de Orientación, Formación y Atención Popular (COFAPs), Escuelas del Pueblo para el Pueblo. Logró la gestión y puesta en marcha del Proyecto Nacional del CPJ, que estableció 18 sedes de desarrollo, en diversos estados del país, con objeto de prevenir la violencia, las adicciones y el pandillerismo, a través de actividades comunitarias, deportivas, de educación y trabajo en talleres y cooperativas juveniles. Estudio la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, el seminario, La Juventud: su Significado y Atención, en la Universidad Iberoamericana. De igual forma curso el diplomado, La Administración y el Manejo de los Recursos Humanos en la Escuela Nacional de Trabajo Social. Es licenciado en Administración Pública por la Universidad del Valle de México. Es Maestro en Filosofía Aplicada por la Universidad Vasco de Quiroga. Fue investido como Doctor Honoris Causa, por el Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia. También, recibió la distinción como Embajador Humanitario por El Claustro Doctoral de Líderes Internacionales, otorgado en el Senado de la República. Inicio la práctica del Kung Fu en 1985, hoy es maestro del sistema Ho Hok Pai (Tigre y Grulla). Representó a nuestro país en diversos foros y eventos internacionales, como la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro, Brasil en 1993. El seminario Healing Ours Self and Mother Earth, en Aspen, Colorado, donde interactúo con más de ciento cincuenta jóvenes de las tribus Cheyene, Cherokee, Black Foots y Otawas. Impulsó el intercambio de experiencias constructivas y contra las adicciones con jóvenes de pandillas de los Ángeles, California, así como con las del Sur del Bronx en Nueva York, Estados Unidos. De manera similar, convivio con las Barras Juveniles de inmigrantes nicaragüenses, asentadas en la periferia de San José de Costa Rica. Recibió mención honorifica en el comité preparativo de la Cumbre de la Tierra, Hábitat II, en la Organización de las Naciones Unidas de Nueva York y fue premiado en la Cumbre de las Ciudades en Estambul, Turquía en 1996, por el proyecto Espacios Juveniles de Encuentro Interactivo (EJE). Ha recorrido una larga carrera como servidor público. Fue subdelegado y director general de Desarrollo Social, así como director general de Desarrollo Delegacional en la entonces Delegación Álvaro Obregón. Diputado de la IV Legislatura de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Director general de Seguridad Ciudadana, director general de Gobierno y Jefe Delegacional en Miguel Hidalgo. También, director ejecutivo del programa de Integración y Educación Alternativa, de la Secretaría de Educación del Distrito Federal y Coordinador de Asesores de la Secretaría de Movilidad de la ciudad de México. Es presidente de la Agrupación Política Local, Movimiento Civil 21. Presidente de la asociación civil, Sociedad Veintiuno. Vicepresidente de la asociación civil, Observatorio de Seguridad Ciudadana, ProMéxico. Presidente de la asociación civil, Coalición Suma México e integrante del Colectivo por la Unidad y la Transformación de Álvaro Obregón.

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