El PRD y la tragedia de un partido que terminó devorado por su propia creación

Pocas tragedias políticas en México son tan simbólicas como la del PRD en la Ciudad de México.

El partido que democratizó la capital, que abrió espacio a la izquierda moderna y que construyó las condiciones para que Andrés Manuel López Obrador llegara eventualmente a la Presidencia, terminó pulverizado, dividido y reducido a una disputa de sobrevivencia burocrática.

Y quizá lo más irónico es que fue Morena quien terminó devorando casi por completo al movimiento que le dio origen.

La reciente confrontación entre Nora Arias y Víctor Hugo Lobo retrata perfectamente el estado terminal del perredismo capitalino.

Lo que alguna vez fue una fuerza política con capacidad de movilización territorial, agenda ideológica y liderazgo urbano, hoy parece atrapado en una batalla por el control de las migajas institucionales que aún quedan del partido.

La escena tiene incluso algo de tragedia shakespeariana.

Dos figuras que además compartieron una relación sentimental terminan enfrentadas por un aparato político en decadencia.

Y al final, quien termina imponiéndose es Víctor Hugo Lobo, un operador que hace tiempo entendió hacia dónde se movió realmente el poder: Morena.

Nora Arias también intentó acercarse al oficialismo. Sin embargo, llegó tarde y con menos fuerza política.

En Morena ya existen demasiados grupos disputando espacios, candidaturas y presupuesto como para incorporar perredistas debilitados sin capacidad real de negociación. Ahí aparece el drama de fondo del PRD.

El partido perdió narrativa, identidad y generación política.

Durante años, el PRD fue el vehículo del descontento urbano progresista.

Representaba oposición al viejo régimen priista, defensa de libertades civiles y una izquierda territorial profundamente conectada con la capital.

Pero después ocurrió algo decisivo: Morena absorbió su base social, sus liderazgos y hasta su discurso histórico. El PRD quedó vacío.

Y los jóvenes capitalinos crecieron viendo al partido ya no como una fuerza de transformación, sino como una estructura envejecida, marcada por tribus internas, corrupción, clientelismo y pragmatismo electoral.

El filósofo italiano Antonio Gramsci sostenía que los partidos sobreviven mientras logran representar cultural y emocionalmente a una sociedad en movimiento. Cuando dejan de interpretar su época, comienzan a convertirse únicamente en administradores de su propia decadencia. Eso parece ocurrirle hoy al PRD capitalino.

La pregunta ya no es si puede volver a gobernar la ciudad. La verdadera duda es mucho más básica: si todavía tiene una razón real para existir políticamente, porque hoy el partido tiene una lógica mínima de supervivencia: conservar el registro, administrar prerrogativas, negociar algunas diputaciones y mantenerse útil como satélite electoral de Morena o del PAN dependiendo de la coyuntura.

Y ahí existe un problema brutal. Cuando un partido deja de imaginar el poder y comienza únicamente a administrar su sobrevivencia, normalmente entra en fase terminal.

La CDMX también cambió. La ciudad progresista que alguna vez vio en el PRD una causa política hoy está fragmentada entre nuevas agendas: feminismo, medio ambiente, vivienda, movilidad, gentrificación, seguridad y derechos digitales.

Sin embargo, el perredismo nunca logró reconectarse emocionalmente con esa nueva generación urbana.

Morena ocupó ese espacio y mientras el oficialismo monopoliza la narrativa de izquierda, el PAN avanza en zonas de clase media y Movimiento Ciudadano intenta seducir votantes jóvenes, el PRD parece suspendido en un limbo político donde ya no representa ruptura, modernidad ni alternativa. Solo memoria.

NOCAUT.

Mientras el PRD se extingue lentamente, el Partido Verde sigue creciendo como el gran depredador político de la capital.

El trascendido en el Congreso local apunta a que Jesús “Chucho” Sesma ya prepara otra operación para llevarse a sus filas a la vicecoordinadora de Morena, Brenda Ruiz. La jugada resulta reveladora.

Brenda Ruiz viene de operar en el PAN, después se integró al equipo de Adrián Rubalcaba y nunca terminó de encajar plenamente dentro de la élite morenista.

El Verde entendió algo antes que muchos partidos: en la CDMX ya no importa tanto la identidad ideológica, sino la capacidad de absorber cuadros, administrar poder y negociar posiciones. Por eso crece.

No necesita coherencia doctrinaria. Le basta con ocupar espacios vacíos mientras otros partidos pierden identidad.

¡Abrazos, no periodicazos!

Luis Eduardo Velázquez
Luis Eduardo Velázquez
Soy licenciado en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y licenciado en Derecho por la UNAM, con estudios de Maestría en Ciencias Jurídicas por la Universidad Panamericana (UP) y estudios en Filosofía. Soy analista político especializado en asuntos electorales, legislativos, democracia, derecho a la información, libertad de expresión y derechos humanos.Soy director y fundador de Capital CDMX, medio desde el que impulso el periodismo político y de investigación enfocado en el poder público, la rendición de cuentas y la vida institucional de la Ciudad de México.En el ámbito académico, mi línea de investigación se centra en el sistema de Derechos Humanos, con énfasis en libertad de expresión, derecho a la información, democracia y Estados constitucionales, así como en la ciencia y filosofía del periodismo.Soy autor del libro Diágoras, el prudente, una obra que explora la reflexión política, filosófica y jurídica desde una perspectiva crítica sobre el poder, la prudencia y la condición humana.Me desempeño como secretario de la Asociación Periodismo Nación MX, dedicada al fortalecimiento del gremio periodístico, la reivindicación del periodismo mexicano y la construcción de un marco jurídico que proteja los derechos de las y los periodistas.Escribo la columna Contragolpe y participo como analista en El Heraldo Televisión y en el canal de YouTube CDMX TV. He sido reportero en los diarios Milenio y 24 Horas, así como en radio para Enfoque Noticias de NRM Comunicaciones. También he colaborado en revistas como Obras, Chilango y Forbes México.Además de mi labor periodística, soy amante de la buena letra: escribo poesía y desarrollo trabajo plástico en distintos formatos.

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