El sol caía como lanza sobre los hombros de Jesús. Era viernes santo y el Cerro de la Estrella ardía en fervor, sudor y celulares levantados.
Miles de fieles subían en procesión como hormigas sobre lava seca. Cada paso, un rezo; cada esquina, un grito: “¡Agua, diez pesos, bien fría!”
La 182 representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa parecía teatro sagrado… y espectáculo popular. En el aire se mezclaban incienso, polvo y olor a cueritos.
Jesús, interpretado por Julio Olivares, arrastraba la cruz con una solemnidad que rompía el bullicio. Pero también esquivaba puestos de elotes y micheladas.
Una señora, distraída por un TikTok en vivo, tropezó con una bocina que vendía “milagros en altavoz”. Su raspón fue el segundo drama del día.
Las lágrimas de las Marías se confundían con sudor real. Judas sudaba más por el disfraz que por la traición. El centurión se detuvo… a comprar una soda.
Un niño gritó: “¡Ya lo crucificaron en la app antes de que llegáramos!” Y reventó la solemnidad con carcajadas que hasta un fariseo soltó.
Detrás de la comedia, la realidad: más de 5 mil elementos de seguridad, ambulantes cobrando $50 por sombra, y baños que olían a juicio final.
Pese a todo, el acto se volvió catarsis. En lo alto del cerro, Cristo fue clavado entre gritos, cantos, drones y un par de papas derramadas.
El pueblo lloró. Algunos por fe, otros por nostalgia. Y unos más porque la cruz no redime el caos de abajo.
En Iztapalapa, la Pasión es eterna: una mezcla de devoción, negocio, teatro, y esperanza que, aunque se repite, siempre duele distinto.



