Nueve meses después de haber asumido como jefa de Gobierno, Clara Brugada, se enfila a su primer informe sin consolidar una narrativa de transformación real en la Ciudad de México.
Su mayor obstáculo no es la oposición —prácticamente ausente—, sino la falta de operación política en su propio gobierno.
El gabinete que la acompaña carece de fuerza. Salvo contadas excepciones, como Raúl Basulto en Obras, los demás titulares son cuotas repartidas entre grupos y lealtades que no necesariamente le responden a Brugada.
La Secretaría de Finanzas sigue controlada por el grupo más cercano al lopezobradorismo.
La Secretaría de Gobierno continúa bajo la sombra de la administración anterior.
El gabinete económico es herencia de Marcelo Ebrard. Planeación, a cargo de Alejandro Encinas, se mantiene ausente en una ciudad sin espacio para crecer.
Los programas sociales no han tenido relanzamiento ni ampliación.
El mantenimiento urbano está al mínimo. Ni los baches —literal y simbólicamente— han podido cubrir.
Mientras tanto, los alcaldes, muchos de Morena, operan más como opositores internos que como aliados. Algunos por rivalidad política, otros por desconocimiento elemental de la administración pública.
Peor aún, Brugada carece de un Congreso que le respalde.
Los 66 diputados locales están políticamente desaparecidos, sin peso en la agenda pública ni en sus distritos.
En áreas clave como movilidad, Metro, policía y protección civil, las decisiones siguen centralizadas en Palacio Nacional. Ni siquiera la Secretaría de Mujeres tiene independencia real.
Y la comunicación social es otro frente perdido: está encabezada por una periodista cercana a la Presidenta, pero sin estrategia, narrativa ni control territorial. No hay mensaje, no hay discurso, no hay propaganda. No hay ciudad.
Como escribió Max Weber en La política como vocación (1919):
“El político debe tener pasión por su causa, ética de la responsabilidad y mesura en el poder”.
Brugada parece tener la causa, pero aún le faltan responsabilidad operativa y equilibrio político.
Sin eso, el segundo piso de la transformación no solo no se construye, ni siquiera se traza. La utopía es su gobierno.



