Hay discursos que informan y los que anuncian una nueva etapa política.
El mensaje de Claudia Sheinbaum al cumplirse dos años de su triunfo presidencial pertenece claramente a la segunda categoría.
A simple vista parecía un informe de gobierno. Hubo cifras sobre empleo, crecimiento económico, programas sociales, hospitales, carreteras, trenes, becas y obras públicas.
El formato era el de una rendición de cuentas. Sin embargo, conforme avanzó la intervención quedó claro que el objetivo principal no era presentar resultados.
Era redefinir el terreno de la disputa política y eso cambia completamente la lectura.
Lo que realmente anunció Sheinbaum no fue una obra, un programa o una reforma.
Anunció un nuevo eje narrativo para la Cuarta Transformación.
Durante años, Morena construyó su identidad alrededor de una idea central: el combate a la corrupción.
El movimiento encontró en ese relato una poderosa fuente de legitimidad.
Existía un pasado asociado a privilegios, abusos y corrupción; frente a él aparecía un proyecto que prometía honestidad, austeridad y cercanía con el pueblo.
Ese discurso fue extraordinariamente eficaz, pero ningún relato político permanece intacto para siempre.
Y el discurso del domingo en el Monumento a la Revolución mostró que el oficialismo comienza a moverse hacia otro terreno.
La palabra más importante de toda la intervención no fue transformación.Tampoco honestidad ni siquiera pueblo, fue: soberanía.
La repitió una y otra vez. Soberanía frente a agencias extranjeras. Soberanía frente a presiones internacionales. Soberanía frente a campañas de desinformación. Soberanía frente a quienes, desde dentro o desde fuera, pretenden influir en las decisiones nacionales.
Ahí estuvo el verdadero corazón del mensaje.
El filósofo alemán Jürgen Habermas sostenía que las democracias necesitan renovar permanentemente las bases de su legitimidad. No basta con ganar elecciones. Tampoco basta con administrar el poder.
Los gobiernos requieren construir consensos alrededor de los desafíos que enfrentan en cada momento histórico. Es lo que parece estar ocurriendo en México.
Sheinbaum entiende que el principal desafío político de su administración ya no gira exclusivamente alrededor de la corrupción.
La presión proveniente de Estados Unidos, las investigaciones contra figuras del oficialismo, las tensiones bilaterales y la discusión sobre la seguridad nacional han modificado el escenario.
Por eso el discurso cambió de tono y la Presidenta habló de campañas digitales, operaciones de desinformación, intereses extranjeros y presiones políticas que, según su lectura, buscan alterar el rumbo del país.
En medio de todo pronunció probablemente la frase más importante de la jornada:
“La soberanía vive en el territorio, pero también vive en la información”.
No fue una frase improvisada sino una definición doctrinal.
Con ella, Sheinbaum amplió el concepto tradicional de soberanía.
Ya no se refiere únicamente a fronteras, aduanas o relaciones diplomáticas.
También incluye redes sociales, plataformas digitales, medios de comunicación y la construcción de percepciones públicas.
La disputa ya no ocurre solamente en el territorio, ahora ocurre en la narrativa.
Y ahí aparece el verdadero anuncio. Morena está comenzando a transitar del relato de la corrupción al relato de la soberanía.
El adversario principal deja de ser exclusivamente el viejo régimen para incorporar ahora a quienes, desde el exterior, intentan influir en las decisiones nacionales.
La pregunta final de Sheinbaum condensó toda la estrategia:
“¿Quién decide en México: las agencias extranjeras o el pueblo?”
No fue una pregunta para la plaza. Se trató de una pregunta para los próximos años porque si el discurso anticorrupción fue el motor político del obradorismo, la defensa de la soberanía parece perfilarse como el gran relato del segundo piso de la Cuarta Transformación.
Y eso tiene implicaciones profundas. La soberanía es una causa capaz de unir, movilizar y cohesionar políticamente. Sin embargo, exige prudencia, ya que una democracia fuerte necesita defender su independencia nacional sin convertir toda crítica externa en una amenaza y sin confundir el debate público con una agresión contra el Estado.
Lo cierto es que Sheinbaum logró algo que pocos habían advertido.
Por primera vez desde que llegó a Palacio Nacional dejó de hablar principalmente como heredera de López Obrador y habló como la arquitecta de su propio proyecto político.
NOCAUT.
Hubo una imagen que pasó casi desapercibida entre discursos, aplausos y consignas.
La presencia de ministros de la Suprema Corte en un acto de evidente contenido político convocado por la Presidenta de la República.
La escena merece reflexión. La justicia constitucional no solamente debe ser independiente, también debe parecerlo.
Por ello, resulta legítimo preguntarse si era necesario que quienes tendrán la responsabilidad de interpretar la Constitución aparecieran en un evento cuyo propósito central consistió en fortalecer políticamente un proyecto de gobierno.
La democracia necesita presidentes fuertes, pero es más loable tener jueces capaces de mantener una saludable distancia del poder.
Recordemos que cuando la justicia busca legitimarse desde la política, corre el riesgo de perder la legitimidad que únicamente puede otorgarle su independencia.


