Hay una imagen que me parece útil para entender lo que está pasando: la de un inquilino que sabe que su contrato vence pronto, que su casero tiene otros interesados, y que renovar en malas condiciones es casi tan malo como no renovar. México llega a la revisión de julio de 2026 en esa posición. Con menos margen que hace seis años y con un contexto político interno que en 2017 simplemente no existía.
El tratado incluye una cláusula sunset que obliga a los tres países a revisarlo este año. Si no hay acuerdo, el proceso se repite anualmente hasta por diez años. Lo que muchos llaman «renegociación» es técnicamente una revisión — la diferencia está en el artículo 34.7 del propio tratado — pero el fondo importa menos de lo que parece: el libro de negociación de Trump es muy claro. Primero crea un ambiente adverso para el contrario. Luego llega con ventajas preestablecidas a la mesa. México tardó en reconocerlo, y ese retraso tiene un costo.
Lo que está en la mesa
Tres temas concentran la carga más pesada.
Las reglas de origen automotrices son el primer nudo. Estados Unidos quiere umbrales de contenido norteamericano de entre 85 y 90 por ciento. Para las plantas que operan con insumos asiáticos — muchas de las que llegaron con el nearshoring — eso significa reestructurar o pagar arancel. El sector concentra cerca del 30 por ciento de las exportaciones manufactureras. Una negociación mal conducida no afecta solo a las armadoras: afecta a los cientos de proveedores que viven de ellas.
Los aranceles son el segundo. México quiere eliminar los que golpean camiones, acero, aluminio y productos agrícolas. Pero el daño mayor no lo produce el arancel en sí, sino la incertidumbre sobre si va a existir o no. Cuando un exportador de aguacate en Michoacán no puede firmar contratos a dieciocho meses porque no sabe a qué precio cruzará la frontera, el tratado ya está fallando, aunque técnicamente siga vigente.
El nearshoring es el tercero. Se habla mucho de la oportunidad — hasta 50,000 millones de dólares adicionales de IED en escenarios optimistas — pero poco de lo frágil que es esa ventana. Si la revisión se extiende sin acuerdo hasta 2027, las empresas que hoy dudan entre México, India o Vietnam decidirán con la información disponible. La incertidumbre no es una invitación a invertir.
El entorno que nadie pidió
La revisión ocurre el mismo verano en que México recibe al mundo para el Mundial — el mayor evento en la historia reciente del país — y cuando las remesas acaban de registrar su mayor caída desde 2009: un retroceso de 4.56 por ciento que interrumpe once años de crecimiento ininterrumpido. La política migratoria de Trump ha reducido las transferencias y presionado a más de un millón y medio de hogares en Guanajuato, Michoacán y Jalisco. México respondió con cooperación en frontera como señal hacia Washington — una moneda de cambio que funciona hasta que deja de hacerlo.
Algo más que no se dice con suficiente claridad: las presiones que rodean al gobierno de México hoy no son las de 2017. En aquel momento México llegó a la mesa sin este nivel de señalamientos, sin este deterioro de las palancas fiscales internas, y con una sociedad que todavía tenía expectativas sobre lo que vendría. Hoy el escenario es otro. Y negociar desde ahí es más difícil, aunque el equipo técnico de la Secretaría de Economía haya ganado experiencia en el camino.
Un ejemplo de lo que sí funciona
El 19 de mayo, General Motors anunció el traslado del Chevrolet Aveo desde China a Ramos Arizpe, Coahuila. Mil millones de dólares. Meta de 80,000 unidades anuales hacia 2030.
La explicación no es diplomacia gubernamental: GM lleva tres años blindándose de aranceles y adelantándose a las reglas de origen. No es altruismo; es cálculo. Cada planta nueva arrastra entre 80 y 100 proveedores en 500 kilómetros a la redonda. Esos son los contratos que no aparecen en los titulares pero que explican por qué el nearshoring, cuando funciona de verdad, transforma una región.
El problema es que seguimos midiendo el éxito por el valor exportado, no por el valor generado dentro del país. Por cada 100 dólares que México exporta en ensamble, la economía retiene una fracción. El resto es componente importado que cruzó, se armó aquí y volvió a cruzar. Eso no es industrialización; es maquila con mejor apellido.
Lo que México debería exigir
Tres principios, más que sectores.
Primero, certidumbre sobre velocidad. Un acuerdo parcial hoy vale más que un proceso indefinido que se convierte en instrumento de presión permanente.
Segundo, valor agregado, no solo acceso. México tiene doce de los sesenta minerales críticos que Washington considera estratégicos. Entregarlos sin condiciones de procesamiento local sería repetir el error de dos siglos.
Tercero, entender que Trump 2.0 no ve el tratado como un acuerdo comercial. Lo ve como instrumento de seguridad y control geopolítico. Mientras México responda solo desde la lógica arancelaria, llegará siempre un paso atrás.
La revisión del T-MEC no es una negociación de aranceles. Es la conversación sobre qué lugar va a ocupar México en la cadena industrial del siglo XXI.


