La batalla por el relato ya comenzó en México

Algo comenzó a modificarse en la conversación política mexicana. Morena ya no habla únicamente como un movimiento dominante; ahora empieza a expresarse como un poder que necesita blindarse.

Esa transformación se percibe con claridad en la insistencia del oficialismo sobre conceptos como soberanía, intervención extranjera y defensa nacional.

El discurso de Claudia Sheinbaum durante la conmemoración del 5 de Mayo en Puebla trazó esa línea.

Más tarde, Ariadna Montiel la aterrizó políticamente en Chihuahua al cuestionar la posible participación de agentes extranjeros fuera de los mecanismos legales del Estado mexicano.

La operación discursiva resulta evidente. Frente a los crecientes señalamientos provenientes desde Estados Unidos sobre posibles vínculos de actores políticos con estructuras criminales, el oficialismo decidió mover la conversación hacia un terreno históricamente mucho más rentable para la izquierda nacionalista mexicana: la patria.

Es decir, Morena busca desplazar el eje del debate. Si la discusión permanece anclada en narcotráfico, corrupción o infiltración criminal, el gobierno entra en una zona de desgaste permanente.

Sin embargo, si logra reposicionar la conversación alrededor de soberanía, dignidad nacional e intervención extranjera, entonces cambia por completo el marco emocional de la disputa pública.

A juicio de Morena, ahí existe una ventaja política. Y hay que reconocer que la maniobra no carece de inteligencia estratégica.

No obstante, detrás de esa narrativa aparece también una señal mucho más profunda: el oficialismo parece haber entendido que lo que hoy está bajo amenaza no es solamente su fuerza electoral, sino el núcleo moral que sostuvo al obradorismo durante años.

El filósofo francés Jean-François Lyotard explicaba en La condición posmoderna que los grandes movimientos políticos necesitan construir “metarrelatos”: historias amplias capaces de otorgar legitimidad ética, sentido histórico e identidad colectiva.

En el caso de Morena, ese metarrelato fue la honestidad republicana, la cercanía con el pueblo y la idea de una regeneración moral frente a la corrupción del viejo régimen.

Ahí reside hoy la verdadera tensión. Cada señalamiento sobre presuntos vínculos entre actores políticos y estructuras criminales no golpea únicamente a ciertos personajes; erosiona directamente el relato moral que permitió a Morena convertirse en mucho más que un partido político.

El PAN entendió rápidamente esa grieta. El problema es que tampoco termina de encontrar la manera correcta de aprovecharla.

De acuerdo con los discursos oficiales de Jorge Romero y la dirigencia panista, la apuesta consiste en regresar constantemente la discusión al terreno más delicado para el oficialismo: la percepción de cercanía entre poder político y crimen organizado.

Rubén Rocha, Sinaloa, Mario Delgado y la idea de “narcogobierno” forman parte de una narrativa diseñada para impedir que Morena transforme un problema de seguridad en un conflicto diplomático o patriótico.

Ahí aparece uno de los principales aciertos del PAN. La oposición parece haber comprendido que la seguridad será el eje emocional de la elección de 2027.

Ya que el desgaste más profundo del oficialismo no proviene de los programas sociales ni de la popularidad presidencial, sino de la sensación creciente de que el crimen organizado amplió su influencia política durante los últimos años.

Empero, justo en ese punto emerge también el principal error estratégico del panismo: el exceso retórico.

Cuando la crítica abandona la precisión y se instala en la descalificación absoluta, pierde fuerza institucional.

Definir a Morena completo como un bloque de “narcotraficantes” puede encender a la militancia más radical; sin embargo, también aleja a sectores moderados que buscan una oposición más seria, más técnica y menos emocional.

Y es que el PAN parece atrapado entre dos identidades. Por momentos intenta presentarse como alternativa democrática y de Estado.

En otros, cae en una lógica de confrontación que termina pareciéndose demasiado a la polarización que durante años criticó del obradorismo.

Ahí aparece otra paradoja interesante. El filósofo alemán Peter Sloterdijk describía en Crítica de la razón cínica sociedades políticas atrapadas en una dinámica donde los actores reconocen perfectamente las contradicciones del sistema, pero continúan operando dentro de él sin construir alternativas reales.

Algo de eso comienza a ocurrir con el PAN. La oposición detecta dónde se erosiona el relato moral de Morena; sin embargo, todavía no logra ofrecer un proyecto emocional, ético o histórico capaz de sustituirlo.

Por momentos parece limitarse a administrar indignación, estridencia y desgaste sin construir una visión de país verdaderamente competitiva frente al oficialismo.

A ello se suma otro riesgo delicado: depender excesivamente de narrativas o presiones provenientes desde Estados Unidos para sostener su ofensiva política.

Morena se siente cómodo en ese terreno. México conserva una memoria histórica particularmente sensible frente a cualquier percepción de injerencia extranjera. Debido a ello, el oficialismo explota esa fibra política con enorme disciplina discursiva.

Por esa razón, el PAN necesita algo más sofisticado que simplemente elevar el tono. Requiere construir una narrativa propia sobre seguridad, legalidad y fortalecimiento institucional sin parecer subordinado a intereses externos ni atrapado en la estridencia digital.

El filósofo alemán Jürgen Habermas advertía que las democracias comienzan a debilitarse cuando la discusión pública deja de sostenerse sobre argumentos racionales y termina reducida a confrontación emocional permanente.

Ese riesgo ya empieza a sentirse en México. Lo que hoy observamos no es únicamente una disputa entre Morena y el PAN. En realidad, se trata del inicio de una batalla mucho más profunda por definir el relato nacional rumbo a 2027.

Morena intenta defender el metarrelato que lo llevó al poder. La oposición busca demostrar que ese relato comenzó a derrumbarse.

Y mientras ambos elevan el tono, la moderación política parece quedarse sin espacio.

NOCAUT

Mientras oficialismo y oposición aceleran su confrontación rumbo a 2027, Clara Brugada enfrenta una herida política que sigue abierta en la Ciudad de México.

Ha pasado un año del asesinato de José y Ximena, dos de sus colaboradores más cercanos, y la capital todavía no conoce quiénes fueron los autores intelectuales del crimen.

Ese vacío pesa. Más allá de detenciones o avances parciales, permanece una sensación inquietante: ni siquiera un ataque que golpeó directamente al círculo más cercano del poder capitalino ha logrado esclarecer completamente quién lo ordenó.

En una ciudad donde la seguridad será tema central rumbo al Mundial y a las elecciones intermedias, la ausencia de respuestas termina convirtiéndose también en un costo político.

¡Abrazos, no periodicazos!

Luis Eduardo Velázquez
Luis Eduardo Velázquez
Soy licenciado en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y licenciado en Derecho por la UNAM, con estudios de Maestría en Ciencias Jurídicas por la Universidad Panamericana (UP) y estudios en Filosofía. Soy analista político especializado en asuntos electorales, legislativos, democracia, derecho a la información, libertad de expresión y derechos humanos.Soy director y fundador de Capital CDMX, medio desde el que impulso el periodismo político y de investigación enfocado en el poder público, la rendición de cuentas y la vida institucional de la Ciudad de México.En el ámbito académico, mi línea de investigación se centra en el sistema de Derechos Humanos, con énfasis en libertad de expresión, derecho a la información, democracia y Estados constitucionales, así como en la ciencia y filosofía del periodismo.Soy autor del libro Diágoras, el prudente, una obra que explora la reflexión política, filosófica y jurídica desde una perspectiva crítica sobre el poder, la prudencia y la condición humana.Me desempeño como secretario de la Asociación Periodismo Nación MX, dedicada al fortalecimiento del gremio periodístico, la reivindicación del periodismo mexicano y la construcción de un marco jurídico que proteja los derechos de las y los periodistas.Escribo la columna Contragolpe y participo como analista en El Heraldo Televisión y en el canal de YouTube CDMX TV. He sido reportero en los diarios Milenio y 24 Horas, así como en radio para Enfoque Noticias de NRM Comunicaciones. También he colaborado en revistas como Obras, Chilango y Forbes México.Además de mi labor periodística, soy amante de la buena letra: escribo poesía y desarrollo trabajo plástico en distintos formatos.

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