La Ciudad de México ya no parece una capital en periodo de gobierno, sino una ciudad en campaña permanente.
Basta recorrer avenidas, mirar bardas o subir al transporte público para entender que la ley electoral capitalina se convirtió en una ficción decorativa y el árbitro electoral desapreció.
Los diputados locales ya no legislan únicamente: ahora también compiten abiertamente por posicionarse, bajo la tranquilidad de saber que no existe autoridad capaz de frenarlos.
O peor aún: que nadie quiere hacerlo.
El caso más visible es el del Partido Verde y su estrategia alrededor de Jesús “Chucho” Sesma.
Espectaculares, narrativa digital, propaganda permanente y una campaña disfrazada de posicionamiento ciudadano bajo el lema “Ver de Verdad”.
La ciudad entera parece funcionar como antesala electoral de una candidatura que formalmente todavía no existe.
Pero el fenómeno ya rebasó al Verde.
En Tlalpan, por ejemplo, aparecen camiones tapizados con la imagen de Pedro Haces junior promoviendo un libro autobiográfico.
Una vieja técnica de simulación política: usar publicaciones, informes o supuestos ejercicios editoriales para instalar nombre, rostro y narrativa sin asumir abiertamente que se trata de promoción anticipada.
La maniobra no es nueva.
Lo novedoso es la absoluta normalización de la impunidad.
Es decir, el mensaje de fondo parece claro: las reglas dejaron de importar.
Y no es casual.
Buena parte de la clase política aprendió algo en 2024: se pueden tensar, romper o reinterpretar los límites electorales sin enfrentar consecuencias reales.
Morena abrió ese camino con la promoción adelantada de sus aspirantes presidenciales durante meses y el sistema electoral terminó administrando las violaciones en lugar de frenarlas.
Ese precedente cambió todo. Hoy diputados locales, aliados y grupos internos entienden que la lógica ya no es respetar tiempos, sino ocupar primero el espacio público y después discutir si hubo ilegalidad.
La política dejó de preguntarse “¿se puede?”.
Ahora pregunta: “¿quién me va a castigar?”.
Y ahí aparece el verdadero problema institucional, debido a que el Instituto Electoral de la Ciudad de México luce cada vez más reducido a una función ornamental.
Observa espectaculares, bardas y campañas permanentes mientras la competencia rumbo a 2027 avanza informalmente frente a todos.
En cualquier Estado de Derecho serio, esto sería gravísimo.
No solo por la evidente promoción personalizada, sino porque inevitablemente surge una pregunta mucho más delicada: ¿de dónde sale el dinero?
Porque una cosa es construir posicionamiento político y otra muy distinta utilizar recursos públicos, estructuras legislativas o redes de financiamiento opacas para adelantar campañas.
Ahí está la frontera que realmente debería investigarse.
El filósofo político Norberto Bobbio advertía que la fortaleza de una democracia no depende solamente de tener leyes, sino de la capacidad real de hacerlas valer de manera pareja.
Ese principio parece haberse erosionado en la capital, ya que hoy la Ciudad de México vive una paradoja inquietante: todos saben que las campañas adelantadas existen, todos las ven… y al mismo tiempo el sistema actúa como si fueran invisibles.
Y mientras la ciudad se llena de rostros, slogans y propaganda disfrazada, la pregunta más incómoda sigue sin respuesta:
¿Quién paga realmente las bardas, los espectaculares y los camiones?
Lo anterior porque si el dinero privado financia campañas permanentes, hay inequidad.
Pero si detrás hay recursos públicos, entonces el problema ya no es electoral.
Es corrupción política anticipada.
NOCAUT.
Y mientras los políticos llenan la ciudad de propaganda y ajolotes morados, las lluvias volvieron a exhibir la fragilidad real de la capital.
Avenidas colapsadas, autos atrapados e inundaciones por toda la ciudad.
La postal es brutal.
Ayer, Clara Brugada hablaba de “ajolotizar” la CDMX como símbolo de identidad urbana.
Hoy pareciera que los capitalinos pasaron de ver ajolotes pintados en bardas… a vivir como ajolotes dentro de sus propios coches bajo el agua.
Ahí aparece el problema de fondo.
Una ciudad global no se construye solamente con símbolos, colores o campañas visuales. Se construye resolviendo drenaje, movilidad, infraestructura y resiliencia urbana.
De lo contrario, mientras el poder político pinta ajolotes para fabricar identidad, la ciudad real sigue hundiéndose bajo el agua.
Y quizá ahí está la tragedia de la capital: el gobierno quiere que la ciudad se vea pintoresca… mientras los ciudadanos apenas logran mantenerla habitable.


