Hay momentos en que los discursos dejan de ser prop’ aganda y empiezan a funcionar como señales de reorganización del poder.
Eso está ocurriendo dentro de Morena.
Mientras Claudia Sheinbaum construye una narrativa cada vez más institucional, republicana y presidencial —como quedó claro en Puebla durante la conmemoración del 5 de Mayo— el partido comenzó a mov erse en otra frecuencia: territorio, polarización, defensa del movimiento y confrontación política directa.b
Y ahí aparece Ariadna Montiel.
Su discurso en Coahuila no fue solamente un arranque de campaña legislativa.
Fue, en realidad, la confirmación de un cambio estratégico dentro del oficialismo frente a un entorno que empieza a tensarse peligrosamente para Morena.
Y es que mientras la Presidenta intenta consolidar autoridad de Estado, la dirigencia partidista parece asumir otra tarea: convertirse en el muro de contención político del régimen.
Una especie de cancerbero territorial.
El contraste entre ambos discursos es revelador. Sheinbaum habla de soberanía, República, Juárez y legitimidad histórica. Ariadna habla de PRI, despensas, corrupción, territorio y “los vecinos del norte” que buscan intervenir en México. Eso no es casual.
Morena entendió que la presión internacional ya no es un ruido pasajero.
Los mensajes provenientes desde Estados Unidos —particularmente aquellos que anticipan nuevos señalamientos contra actores políticos presuntamente vinculados al crimen organizado— empiezan a convertirse en un factor de riesgo electoral rumbo a 2027.
Y frente a eso, el oficialismo parece haber dividido funciones. Sheinbaum institucionaliza el poder.
El partido moviliza y confronta.
En esa lógica también se entiende el creciente protagonismo de Ariadna Montiel dentro de Morena.
Más allá de la dirigencia formal, empieza a operar como una figura de contención política interna en momentos donde la Secretaría de Gobernación luce rebasada para administrar todos los frentes abiertos del oficialismo.
La Presidenta necesita menos desgaste directo y más operadores que absorban impacto.
Por eso, Coahuila será la primera prueba real de esa estrategia. No solamente porque Morena quiere avanzar electoralmente en un territorio históricamente priista, sino porque funcionará como laboratorio político para medir si el discurso territorial obradorista sigue siendo suficiente en un escenario distinto: uno donde el movimiento ya gobierna, enfrenta desgaste y comienza a cargar el costo de las acusaciones externas.
El mensaje de Ariadna tiene un elemento particularmente importante: la recuperación del obradorismo emocional como mecanismo de cohesión.
El Fobaproa, el PRI corrupto, las despensas, el “amor al pueblo”, la austeridad republicana. Todo el repertorio simbólico reaparece.
Eso revela algo que quizá en Palacio Nacional ya entendieron: la transición política interna todavía no termina.
Aunque Sheinbaum gobierna, buena parte de la estructura territorial de Morena sigue funcionando bajo la lógica emocional construida por López Obrador durante más de dos décadas.
Y ahí aparece el desafío más delicado para el oficialismo: ¿cómo institucionalizar el poder sin enfriar al movimiento?
Porque mientras la Presidenta busca construir un liderazgo más estable, más presidencial y menos confrontativo en las formas, el partido parece convencido de que necesita elevar nuevamente la intensidad política para blindar a la base frente a la presión externa.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han advierte en Psicopolítica que el poder contemporáneo ya no solamente busca obediencia; busca adhesión emocional.
Con los actos de esta semana, eso parece estar ocurriendo dentro de Morena.
La Presidencia construye institucionalidad, en tanto el partido administra emoción, identidad y lealtad.
El riesgo, sin embargo, es evidente, debido a que cuando un movimiento entra demasiado tiempo en lógica defensiva, puede terminar alimentando la narrativa que intenta combatir.
Pero también existe otra posibilidad: que Morena esté entrando a una nueva etapa donde el partido vuelva a convertirse en maquinaria de combate mientras Sheinbaum se reserva el papel de jefa de Estado.
Coahuila dará las primeras pistas dado que lo que ahí se dispute no será solamente una elección legislativa.
Será el ensayo general de la estrategia política rumbo a 2027.
NOCAUT.
Y en medio de esa reorganización política apareció una imagen inesperada: BTS en el Zócalo y la Presidenta observando desde Palacio Nacional.
La escena parece cultural, sin embargo, también es política.
Al tiempo que Morena endurece su discurso territorial y soberanista, Sheinbaum intenta construir otra capa de poder: una Presidencia más global, más pop y más conectada con audiencias jóvenes que ya no consumen política tradicional.
No es frivolidad, es narrativa de época.
Gobernar hoy también implica disputar atención, símbolos y emocionalidad pública.
Y quizá ahí está una de las claves del nuevo sheinbaumismo:
menos épica revolucionaria…
más administración total de la conversación pública.


