Los discursos importantes no siempre son los más estridentes. A veces son los que esconden mejor el destinatario. Eso ocurrió este 5 de mayo en Puebla.
La ceremonia por el aniversario de la Batalla del 5 de mayo parecía, en apariencia, un acto republicano más: Zaragoza, Juárez, la soberanía, la resistencia nacional.
Pero conforme avanzó el mensaje de Claudia Sheinbaum quedó claro que no estaba hablando únicamente del siglo XIX.
Estaba hablando del presente y de sus varios adversarios.
La Presidenta construyó un discurso con una lógica muy precisa: cada referencia histórica tenía un equivalente político actual.
Los conservadores que fueron a buscar un emperador europeo, los grupos que justificaron la intervención extranjera y quienes celebraban que potencias externas opinaran sobre México terminaron convertidos en una categoría contemporánea.
Ahí estuvo el mensaje más delicado del discurso porque cuando Sheinbaum habla de “los que buscan apoyo externo por no tener apoyo popular”, de quienes “aplauden a las televisoras extranjeras cuando hablan mal de México” o de quienes “reivindican a Hernán Cortés”, no está haciendo únicamente una evocación histórica. Está delimitando un nuevo mapa moral y político.
Y en ese mapa, los adversarios no aparecen solo como oposición.
Aparecen como una reedición del viejo conservadurismo que, desde la narrativa oficial, históricamente ha estado dispuesto a sacrificar soberanía con tal de conservar privilegios.
La carga política de esa idea es enorme, ya que en medio de la presión internacional que enfrenta Morena —particularmente desde Estados Unidos, donde empiezan a crecer voces que buscan asociar al movimiento con corrupción política y estructuras criminales— Sheinbaum decidió mover la discusión a otro terreno: el de la patria.
No respondió desde la administración pública, sino desde la historia y eso revela un cambio importante.
Andrés Manuel López Obrador polarizaba desde el conflicto cotidiano: la prensa, los empresarios, los partidos.
Sheinbaum parece construir algo distinto: una narrativa más histórica, más institucional y más ideológica, donde la disputa política deja de ser solamente electoral y se convierte en una disputa por legitimidad nacional.
Por eso el discurso fue tan extenso en referencias históricas. No era pedagogía, se trató de un encuadre político.
La Presidenta está construyendo un relato donde Morena ya no aparece solo como fuerza gobernante, sino como continuidad histórica de los liberales juaristas frente a un conservadurismo que —según esa visión— nunca desapareció; únicamente cambió de rostro.
El problema de ese tipo de narrativas es que inevitablemente tensan el espacio público.
Es decir, cuando el adversario deja de ser visto como un competidor democrático y comienza a ser presentado como alguien que busca apoyo extranjero o actúa contra los intereses nacionales, la polarización deja de ser política y adquiere una dimensión moral.
Ahí está el verdadero fondo del mensaje presidencial y también su principal riesgo.
El jurista y teórico político Carl Schmitt escribió en “El concepto de lo político” que toda política termina definiendo quién es “amigo” y quién es “enemigo”.
En Puebla, Sheinbaum no mencionó nombres, sin embargo, dejó bastante claro quiénes entran en cada categoría.
Y eso, más que un discurso conmemorativo, pareció el inicio de una nueva etapa política.


