Durante años, la Ciudad de México fue sinónimo de caos urbano, tráfico interminable y miedo cotidiano.
Sin embargo, un nuevo reporte de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) ha reconfigurado parte de ese panorama, los delitos de alto impacto habrían disminuido 59% respecto a 2019, y 12% en comparación con 2024.
Las cifras, aunque alentadoras, plantean una doble lectura: una ciudad que comienza a ganar terreno frente al crimen, pero que aún enfrenta una brecha entre las estadísticas oficiales y la percepción de seguridad en las calles.
Un cambio medible, pero todavía frágil
En su comparecencia ante el Congreso capitalino, el secretario Pablo Vázquez Camacho expuso lo que calificó como “la reducción más significativa en la historia reciente de la capital”.
Los homicidios dolosos, el robo con violencia, el robo a negocio y el robo de vehículos mostraron caídas sostenidas.
De acuerdo con el informe, los homicidios se redujeron en torno al 10% en lo que va del año, el robo de automóviles bajó 9%, y el robo de vehículos con violencia cayó 32%.
Además, se desarticularon más de 30 células delictivas y se realizaron 6 700 detenciones relacionadas con delitos de alto impacto.
Los resultados no son casuales. La SSC amplió su red de cuadrantes policiales de 847 a 1,020, adquirió 3,500 patrullas nuevas y, se sumaran miles de cámaras más para llegar a los 115,000 dispositivos de videovigilancia, un 40% más que hace cinco años.
También se otorgó un incremento salarial del 9% a los policías, en reconocimiento a su labor, muchas veces sacrificada y poco valorada.
“Hoy la Ciudad de México es más segura que hace seis años”, declaró el Secretario Vázquez ante legisladores. Pero tras el aplauso, resonó la pregunta que muchos ciudadanos aún repiten. ¿Realmente se siente la ciudad más segura?
El peso de la percepción
Las cifras frías no siempre calman los temores. La más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU), del INEGI reveló que el 61.9% de los capitalinos todavía considera que vivir en la ciudad es inseguro.
Es decir, seis de cada diez personas perciben vulnerabilidad, a pesar de los descensos delictivos.
Y es que la inseguridad no se mide sólo en homicidios o robos.
Se mide también en la confianza para caminar de noche, usar transporte público o dejar el auto estacionado.
Se mide en los padres que evitan que sus hijos lleven el celular visible y en los comerciantes que pagan extorsiones “por seguridad”.
Esa brecha entre datos y sensaciones es uno de los principales retos de la política de seguridad actual.
No basta con reducir el crimen, hace falta reconstruir el vínculo emocional entre la ciudadanía y la autoridad.
Los avances que sostienen la esperanza
Pese a todo, los logros son palpables. Los centros de monitoreo (C5 y C2) han permitido responder con mayor rapidez ante emergencias y delitos flagrantes.
Los sistemas de reconocimiento de placas, la coordinación con la Guardia Nacional y el intercambio de información con la Fiscalía han fortalecido el combate a estructuras criminales.
La estrategia de proximidad policial, bajo el lema “La Policía cerca de ti”, también ha logrado acercar a los uniformados con las comunidades.
En varias alcaldías, los comités vecinales y las Organizaciones Sociales reportan mayor comunicación directa con los jefes de cuadrante, lo que permite atender conflictos antes de que escalen.
El cambio de enfoque, de una policía reactiva a una policía preventiva, es uno de los pilares que explican la caída en las cifras delictivas.
A esto se suma el uso de tecnología predictiva y mapas de calor del delito, que orientan la presencia policial hacia zonas de mayor riesgo.
En términos generales, el trabajo sostenido de coordinación institucional —entre la SSC, la Fiscalía General de Justicia de la CDMX y las alcaldías— ha dado resultados visibles.
Aunque las tasas de criminalidad no son homogéneas, se ha logrado estabilizar la situación en zonas antes críticas como Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Tláhuac, mientras que alcaldías como Benito Juárez o Miguel Hidalgo mantienen los niveles más bajos de incidencia.
Los pendientes que no pueden esperar
Sin embargo, los pendientes son tantos como los logros. Persisten los delitos de extorsión y cobro de piso, que afectan a pequeños comerciantes, tianguistas y transportistas.
También se mantienen los robos en transporte público, los fraudes digitales y la violencia de género.
Otro punto sensible es el sistema penitenciario, donde varios grupos criminales continúan operando desde dentro de los reclusorios.
En los barrios populares, además, la presencia de pandillas y narcomenudistas sigue siendo un riesgo cotidiano, especialmente para jóvenes.
A esto se suma el desafío de la confianza policial. Aunque ha mejorado el salario y el equipamiento, aún se reportan casos de abuso de autoridad, detenciones arbitrarias o corrupción de bajo nivel.
La transparencia interna y la depuración institucional siguen siendo tareas pendientes.
En el ámbito estructural, los especialistas recuerdan que la seguridad no depende solo de la policía.
“El crimen es un síntoma de desigualdad y exclusión”, han señalado académicos e investigadores, quienes insisten en que los programas sociales, el acceso a oportunidades y la regeneración del espacio público son claves para sostener la paz a largo plazo.
Una ciudad en transformación
Lo cierto es que la Ciudad de México vive un momento bisagra. Los avances recientes muestran que es posible revertir las tendencias de violencia mediante estrategia, tecnología y coordinación, pero también dejan claro que sin participación social no habrá transformación duradera.
La seguridad, en el fondo, es una construcción colectiva. Requiere policías mejor preparados, autoridades honestas, vecinos comprometidos y una ciudadanía que denuncie y colabore, que ejercite su Inteligencia Ciudadana, producto de la construcción de canales confiables de comunicación entre vecinos y autoridades.
El camino recorrido es significativo: la capital pasó de ser la urbe con mayor percepción de inseguridad del país, a posicionarse en un nivel medio dentro de las grandes metrópolis latinoamericanas.
No obstante, el riesgo de retroceso está siempre latente si los esfuerzos no se consolidan.
En una ciudad de contrastes, donde la línea entre el orden y el caos puede depender de una esquina o de una colonia, los números positivos ofrecen un respiro, pero no una victoria definitiva.
Entre la estadística y la realidad
Quizá el verdadero desafío esté en lograr que los datos oficiales se traduzcan en realidades palpables, calles iluminadas, transporte seguro, justicia pronta y comunidades donde la violencia deje de ser la norma.
La reducción del 59% en los delitos de alto impacto es, sin duda, una buena noticia. Pero la seguridad en la Ciudad de México no será una historia completa hasta que cada habitante pueda decir, sin dudarlo, que vive en una ciudad donde la paz no solo se mide, sino se siente.
Es hora de comunicar con respeto y aprovechar el modelo de seguridad escalable que data de 1997 y se ha perfeccionado, especialmente en estas últimas dos Administraciones del Gobierno de la ciudad.



