La marcha del 2 de octubre. Entre la memoria histórica, la violencia y el debate sobre el protocolo policial

La conmemoración del 57º aniversario de la masacre estudiantil de 1968 volvió a reunir a miles de personas en las calles de la capital.

La marcha, convocada por el Comité 68 Pro-Libertades Democráticas, partió de la Plaza de las Tres Culturas y llegó al Zócalo capitalino.

Durante varias horas, el ambiente estuvo marcado por consignas de justicia histórica y demandas actuales como la de Ayotzinapa y el respeto a los derechos humanos.

Sin embargo, hacia el centro histórico, el trayecto pacífico se vio interrumpido por disturbios protagonizados por un contingente autodenominado “bloque negro”, que desató actos de violencia, vandalismo y enfrentamientos con las fuerzas policiales.

El saldo, 94 policías lesionados, 29 civiles heridos y una persona detenida, además de cuantiosos daños materiales, estimados en más de 4.3 millones de pesos, con robos que habrían afectado joyerías por un monto cercano a los 35 millones de pesos.

Más allá del enfrentamiento, el episodio desató un debate sobre la actuación de la policía y el cumplimiento de los protocolos oficiales en contextos de protesta social.

La marcha: memoria y reclamos vigentes

La movilización comenzó puntualmente a las 16:00 horas desde Tlatelolco. A lo largo de la ruta, los participantes corearon consignas contra la impunidad histórica, exigieron justicia para los 43 normalistas de Ayotzinapa y extendieron la solidaridad con el pueblo palestino.

Miles de personas avanzaron de forma pacífica, acompañadas de observadores de derechos humanos y con resguardo de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC), que desplegó alrededor de 1,500 agentes.

El operativo incluyó vallas protectoras en comercios del centro y cierre de calles principales. Hasta el arribo al Zócalo, la manifestación se mantenía ordenada y mayormente pacífica.

El estallido del bloque negro

Fue en el corazón de la capital donde el bloque negro, integrado por entre 300 y 350 personas encapuchadas, emergió para lanzar piedras, bombas molotov y otros objetos contundentes contra policías y mobiliario urbano.

Los disturbios derivaron en pintas, quema de contenedores y saqueo de comercios, incluida la joyería Bizarro, donde se detuvo a un presunto saqueador en flagrancia.

Periodistas que cubrían la marcha denunciaron agresiones y daños a su equipo.

Varias personas, entre ellas manifestantes pacíficos y comunicadores, resultaron lesionadas durante los choques. La policía respondió con vallas, gas lacrimógeno y formación de contención, concentrando el mayor enfrentamiento en el Zócalo.

El protocolo oficial: lo que dice la norma

La Ciudad de México cuenta con un Protocolo de Actuación Policial para Manifestaciones y Reuniones, que busca garantizar el equilibrio entre el derecho a la protesta y el deber de preservar el orden público.

Este documento se fundamenta en la Ley Nacional sobre el Uso de la Fuerza y en compromisos de respeto a los derechos humanos.

Entre sus lineamientos principales destacan:

1. Principios rectores: legalidad, proporcionalidad, objetividad, respeto a derechos humanos y rendición de cuentas.

2. Identificación visible: todo elemento policial debe portar número de identificación en chaleco y casco.

3. Equipamiento no letal: prohibición del uso de armas de fuego en manifestaciones; autorización de escudos, cascos, bastones y chalecos.

4. Escalonamiento progresivo: las acciones de contención deben iniciar con diálogo y medidas preventivas, avanzando gradualmente a intervenciones físicas solo si es necesario.

5. Protección de terceros: obligación de resguardar a comerciantes, infraestructura y bienes públicos y privados.

6. Detenciones con respeto a derechos humanos: registro de actuaciones, uso de cámaras y garantía de atención médica

7. Límite a la intervención: las protestas pacíficas no deben disolverse ni contenerse con fuerza; la intervención selectiva procede solo ante actos de violencia.

Las discrepancias entre el protocolo y lo ocurrido

A la luz de estos principios, la actuación policial en la marcha del 2 de octubre suscitó críticas:

– Escalonamiento insuficiente: en algunos puntos, la policía respondió rápidamente con gas lacrimógeno sin evidenciar procesos previos de diálogo.

– Falta de identificación visible: varios reportes señalaron que no todos los agentes portaban números de identificación.

– Afectación a terceros: a pesar del operativo preventivo, se registraron saqueos y daños a negocios.

– Agresiones a prensa y civiles: periodistas denunciaron agresiones directas mientras documentaban los hechos.

– Contención tardía del bloque negro: la presencia de este grupo violento no fue neutralizada a tiempo, poniendo en riesgo al resto de los manifestantes.

Reacciones y críticas

Las repercusiones del episodio no se hicieron esperar:

– Comerciantes exigieron reparación de daños y mayor eficacia en la protección de negocios.

– El Comité 68 condenó los disturbios, señalando que la movilización fue concebida como pacífica.

– Organismos civiles advirtieron que los disturbios podrían usarse como pretexto para endurecer medidas represivas contra el derecho a protestar.

– La jefa de Gobierno, Clara Brugada, defendió la labor de la policía, afirmando que actuó para contener la violencia de grupos infiltrados.

– Periodistas y organizaciones de prensa reclamaron garantías para ejercer su labor en futuras manifestaciones.

Memoria, derechos y lecciones pendientes

La marcha de este año deja un mensaje complejo: la memoria de 1968, emblema de lucha por la democracia y los derechos, se vio empañada por hechos violentos que abrieron heridas en comerciantes, reporteros y ciudadanos.

El desafío radica ahora en fortalecer la aplicación real del protocolo: capacitar a las fuerzas de seguridad en derechos humanos, garantizar su identificación, mejorar las estrategias para aislar y neutralizar grupos violentos sin afectar al resto de los manifestantes, y reforzar la supervisión civil y transparente de los operativos.

Más allá de los daños materiales, la sociedad enfrenta la tarea de evitar que el legítimo derecho a la protesta sea reducido a escenas de enfrentamiento y caos. La memoria del 2 de octubre reclama que las calles sean un espacio de expresión libre y segura, sin que la violencia eclipse el reclamo de justicia.

Humberto Morgan
Humberto Morgan
Líder y vocero del movimiento de las Bandas Juveniles en la década de 1980, fenómeno social identificado coloquialmente como “Los Panchitos”. Integrante del Consejo Popular Juvenil, Ricardo Flores Magón (CPJ), primera y más importante Organización de Bandas Juveniles en México. Coadyuvo en la construcción del proyecto Centros de Orientación, Formación y Atención Popular (COFAPs), Escuelas del Pueblo para el Pueblo. Logró la gestión y puesta en marcha del Proyecto Nacional del CPJ, que estableció 18 sedes de desarrollo, en diversos estados del país, con objeto de prevenir la violencia, las adicciones y el pandillerismo, a través de actividades comunitarias, deportivas, de educación y trabajo en talleres y cooperativas juveniles. Estudio la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, el seminario, La Juventud: su Significado y Atención, en la Universidad Iberoamericana. De igual forma curso el diplomado, La Administración y el Manejo de los Recursos Humanos en la Escuela Nacional de Trabajo Social. Es licenciado en Administración Pública por la Universidad del Valle de México. Es Maestro en Filosofía Aplicada por la Universidad Vasco de Quiroga. Fue investido como Doctor Honoris Causa, por el Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia. También, recibió la distinción como Embajador Humanitario por El Claustro Doctoral de Líderes Internacionales, otorgado en el Senado de la República. Inicio la práctica del Kung Fu en 1985, hoy es maestro del sistema Ho Hok Pai (Tigre y Grulla). Representó a nuestro país en diversos foros y eventos internacionales, como la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro, Brasil en 1993. El seminario Healing Ours Self and Mother Earth, en Aspen, Colorado, donde interactúo con más de ciento cincuenta jóvenes de las tribus Cheyene, Cherokee, Black Foots y Otawas. Impulsó el intercambio de experiencias constructivas y contra las adicciones con jóvenes de pandillas de los Ángeles, California, así como con las del Sur del Bronx en Nueva York, Estados Unidos. De manera similar, convivio con las Barras Juveniles de inmigrantes nicaragüenses, asentadas en la periferia de San José de Costa Rica. Recibió mención honorifica en el comité preparativo de la Cumbre de la Tierra, Hábitat II, en la Organización de las Naciones Unidas de Nueva York y fue premiado en la Cumbre de las Ciudades en Estambul, Turquía en 1996, por el proyecto Espacios Juveniles de Encuentro Interactivo (EJE). Ha recorrido una larga carrera como servidor público. Fue subdelegado y director general de Desarrollo Social, así como director general de Desarrollo Delegacional en la entonces Delegación Álvaro Obregón. Diputado de la IV Legislatura de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Director general de Seguridad Ciudadana, director general de Gobierno y Jefe Delegacional en Miguel Hidalgo. También, director ejecutivo del programa de Integración y Educación Alternativa, de la Secretaría de Educación del Distrito Federal y Coordinador de Asesores de la Secretaría de Movilidad de la ciudad de México. Es presidente de la Agrupación Política Local, Movimiento Civil 21. Presidente de la asociación civil, Sociedad Veintiuno. Vicepresidente de la asociación civil, Observatorio de Seguridad Ciudadana, ProMéxico. Presidente de la asociación civil, Coalición Suma México e integrante del Colectivo por la Unidad y la Transformación de Álvaro Obregón.

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