En la Ciudad de México, los monumentos ya no son solo piezas de bronce: se han vuelto trincheras políticas.
Desde el inicio de la llamada Cuarta Transformación, el partido Morena ha impulsado una reinterpretación de la historia nacional… sin preguntar al pueblo.
Todo empezó con la sorpresiva remoción de la estatua de Cristóbal Colón de Paseo de la Reforma.
Bajo el argumento de una restauración, se retiró en silencio. No volvió. En su lugar, se colocó la figura de la Joven de Amajac, una mujer indígena que hoy representa, para algunos, la dignidad borrada; para otros, la imposición disfrazada de reivindicación.
Después vino el cambio de nombre de Puente de Alvarado a México-Tenochtitlán, y la transformación simbólica del Árbol de la Noche Triste en Árbol de la Noche Victoriosa. Sin consulta pública. Sin debate. Con el poder como único aval.
Ahora, la historia da un giro. La alcaldesa panista de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, retiró las estatuas de Fidel Castro y el Che Guevara de un parque olvidado, citando quejas vecinales. Los mismos argumentos. La misma fórmula.
¿La reacción de Morena? Rabia. Lo llaman autoritarismo. Lo ven como un atentado a su identidad. Pero, ¿no fue así como actuaron ellos?
La pregunta es inevitable: ¿Quién decide qué símbolos deben representar a todos? Porque sin reglas, la historia se vuelve campo de batalla.
Y sin diálogo, cada estatua caída genera resentimiento.
Lo advirtió John Locke en su Carta sobre la tolerancia (1689):
“Toda vez que se usa el poder para imponer opiniones, se genera más división que convicción”.
Al final, Rojo hizo lo que Morena había hecho antes, pero al revés. Les dio una cucharada de su propio chocolate: cambiar símbolos sin consenso.
¿Y qué pasó?
Se vieron al espejo…
Y no les gustó el reflejo.
NOCAUT.
Algo sucede en la Secretaría de Protección Civil de la CDMX, que se había robustecido en el gobierno de Claudia Sheinbaum, porque ahora a todo llegan tarde.
Sus alertas de lluvia se han vuelto de poca utilidad. Anuncian una alerta de granizo y no llueve.
No alertan y viene un diluvio. Si no lo creen, hagan la prueba.
¡Abrazos, no periodicazos!



