En la Ciudad de México, la gentrificación ya no es una advertencia. Es una realidad cotidiana. Y como suele ocurrir, llega disfrazada de modernidad y “progreso”.
Desde 2010, la capital cuenta con una Ley de Desarrollo Urbano que, más que organizar la ciudad, ha servido para expandir el negocio inmobiliario.
En cada administración, el marco legal se ha modificado a modo. Hoy, los efectos son innegables: rentas por las nubes, desplazamientos forzados, calles que ya no reconocen a sus propios vecinos.
Pero ¿qué es realmente la gentrificación? La socióloga Ruth Glass acuñó el término en los años 60.
Se refiere al proceso por el cual los barrios populares son “revalorizados” por la llegada de residentes de mayores ingresos, provocando el aumento del costo de vida y el desplazamiento de la población original.
El problema se agrava porque la ciudad, aunque en 2018 estrenó una Constitución que reconoce el derecho al espacio público, sigue siendo un territorio sin regulación efectiva.
Ejemplo: el rascacielos ilegal en la presa Anzaldo que, pese a una orden de demolición, sigue en pie. O el caso de Airbnb, que opera en zonas como Condesa y Roma con casi una unidad turística por cada 10 hogares. Las rentas ahí han subido hasta 94%, según estudios recientes.
El urbanista Neil Smith lo explicó mejor:
“La gentrificación es una estrategia de control espacial, donde el capital desplaza comunidades establecidas para generar ganancia”.
¿Quién gobierna entonces? ¿El Estado o el mercado?
La respuesta es incómoda. Cada vez que el gobierno no regula, alguien más toma el control. Y ese alguien rara vez piensa en el bien común.
Por eso, si queremos preservar la diversidad y el derecho a habitar la ciudad, no basta con buenas intenciones. Hace falta aplicar la ley, recuperar la rectoría del Estado y preguntarnos:
¿Queremos una ciudad de derechos… o una ciudad mercancía?
NOCAUT.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, y la presidenta Claudia Sheinbaum, han aparecido en público para callar el rumor de su distanciamiento.
Confiemos en que trabajarán de la mano para lograr su objetivo de la segunda transformación y frenar la guerra intestina que conduce al mal gobierno. Que sean hechos, no actos protocolarios.



