En algún lugar de la capital, un asesor camina entre las rejas del Congreso de la Ciudad de México. Lleva papeles bajo el brazo y una expresión contenida. El reloj marca mediodía, pero hay oscuridad institucional. A unos metros, un diputado recibe indicaciones. “Que bajen el nombre”, le dice alguien por teléfono. La elección judicial se mueve. Pero no por deliberación, sino por consigna.
La Ciudad de México atraviesa su mayor crisis política desde 1997, cuando conquistó por fin su derecho a elegir gobernantes.
Hoy, esa democracia luce deshilachada. No hay un proyecto político sólido ni del oficialismo ni de la oposición que le dé viabilidad estructural.
La Constitución local —única en su tipo, con derechos de vanguardia— ha sido recortada desde su nacimiento, y en su lugar reina la improvisación.
Como escribió Norberto Bobbio, “la democracia no solo exige normas, exige prácticas vivas”.
Pero en la capital, esas prácticas han sido sustituidas por lealtades tácticas y acuerdos oscuros.
La reciente elección judicial, inédita y clave para el sistema de pesos y contrapesos, ha sido tomada por operadores políticos, diputados alineados al oficialismo que hoy chocan con la Jefa de Gobierno. La tensión es evidente: los alcaldes quieren colocar a sus cuadros, y el Ejecutivo exige obediencia.
En paralelo, el crimen de dos asesores cercanos a Clara Brugada, los pinchazos en el Metro, el plantón de la CNTE en el Zócalo, y la elección federal en curso han colapsado la capacidad de operación política. Lo decía Tocqueville: “el desorden no nace de la libertad, sino del mal uso de ella”.
Hoy, el poder Ejecutivo de la Ciudad de México carece de su brazo operador y su cerebro. Y lo más alarmante: parece no tener conciencia de ello.
La capital ya no lidera. Resiste.
NOCAUT.En las alcaldías Tlalpan, gobernada por Gaby Osorio, y Álvaro Obregón, dirigida por Javier López Casarín, hay malestar social por la inexperiencia de los alcaldes.
Son dos territorios importantes para la gobernabilidad de la CDMX, aún están a tiempo de enmendar los errores y no sumar más presión a Clara Brugada.
¡Abrazos, no periodicazos!



