Jueves Santo en Iztapalapa: entre la fe y la resistencia

Desde la madrugada del Jueves Santo, el centro de Iztapalapa se fue llenando de sombras en movimiento.

Familias enteras, jóvenes con mochilas, ancianos en andaderas y peregrinos con los pies descalzos caminaban hacia un mismo destino. A las seis en punto, ya había gente rezando con rosarios entre los dedos y lágrimas contenidas.

Una mujer de nombre Rosario cargaba una imagen del Cristo ensangrentado. Venía desde Chalco, como cada año a vivir con devoción el Jueves Santo y su procesión. “Mi hijo estuvo enfermo. Le prometí que si sanaba, vendría con él a dar gracias.” A su lado, un niño de unos ocho años caminaba en silencio, con los ojos clavados en la cruz que se erguía en lo alto.

El sol no tardó en encender la escena. El calor comenzó a caer como plomo sobre las espaldas de los actores y asistentes.

Jesús, interpretado por José Olivares, un joven de voz firme, apareció entre tambores y gritos: “¡Crucifíquenlo!” gritaban algunos, metidos en su papel.

Otros lloraban al verlo en la procesión bajo un sol inclemente.

Un grupo de mujeres lo seguía, vestidas de mantos morados, rezando en voz alta.

Una de ellas cayó desmayada; voluntarios del operativo la atendieron de inmediato.

Más adelante, un niño vestido de centurión se salió de su papel y le ofreció agua a un actor romano agotado. La escena arrancó aplausos.

Las casas del barrio estaban adornadas con listones morados y mesas improvisadas ofrecían desde café y pan dulce hasta sueros y botellas de agua. El espíritu comunitario era palpable.

No solo se representaba la pasión de Cristo; se vivía la pasión del barrio, de una Iztapalapa que se organiza, que cuida, que celebra, que no olvida.

Este 2025 se celebró la 182 edición de la representación. Más de un siglo y medio de historia dramatizada, convertida en un ritual que arde como un brasero de fe en medio del asfalto.

Una procesión viva donde la cruz ya no es solo símbolo de sufrimiento, sino también de orgullo territorial.

Al caer la tarde, Iztapalapa volvió lentamente a su ritmo habitual para mañana vivir el viacrucis. Pero el eco de los rezos, el sonido de los tambores y la fuerza simbólica de la cruz quedaron vibrando en el aire.

Aquí, la fe no es espectáculo: es un volcán que no se apaga, una llama que cada año vuelve a encenderse con más fuerza, desbordando los límites de la tradición y transformando la memoria en resistencia.

Miguel Martínez Corona
Miguel Martínez Corona
Fotoperiodista con estudios en Ciencia Política de la UAM y Sociología de la UNAM.

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