El Banco de México (Banxico) se encuentra ante una encrucijada: recortar su tasa de interés de 11% podría dinamizar el crédito, pero también reavivar la inflación que apenas comienza a ceder.
El coste no se limita al círculo financiero: impacta directamente en los bolsillos de mexicanos y las familias.
Un recorte de 0.5 puntos porcentuales facilitaría créditos hipotecarios y de consumo, reduciendo las mensualidades de préstamos automotrices o personales.
Para pequeñas empresas, podría significar financiamiento más económico, favoreciendo inversiones y expansión.
Pero el alivio tiene su lado oscuro: una reducción prematura podría desequilibrar el control inflacionario.
La senda ascendente en alimentos y energéticos hace que analistas adviertan sobre un posible repunte de precios si Banxico relaja la política monetaria sin condiciones.
Por su parte, la fortaleza del peso podría verse comprometida.
Si Banxico baja la tasa y la Reserva Federal no, inversionistas podrían retirar capital buscando mayores ganancias en Estados Unidos, presionando al peso y encareciendo importaciones.
El dilema está en el equilibrio. La gobernadora Victoria Rodríguez aseguró un enfoque “prudente y sensible”, insistiendo en que el sistema financiero nacional está sólido, con resiliencia ante shocks externos.
La sociedad espera: una tasa más accesible no garantiza alivio real sin crecimiento económico evidente.
Banxico debe calibrar no solo su instrumento, sino su comunicación, porque recortar puede dar oxígeno, pero también enfría el ánimo ante precios persistentes.


