La izquierda de los derechos

Los olvidados regresan

La izquierda. Inmerso en una profunda crisis organizativa y de identidad política el Partido de la Revolución Democrática celebró en días pasados su 33 aniversario.

Portador directo de una larga tradición de izquierda que adoptó nombres y símbolos diversos, iniciando con el Partido Comunista Mexicano en 1919, sustituido posteriormente por el Partido Socialista Unificado de México en 1981 y por el Partido Mexicano Socialista en 1987, para concluir una fase histórica con la fundación del PRD en 1989.

A esta secuencia le siguió en 2012 una gran escisión entre las dos almas de la izquierda mexicana: una democrática y otra autoritaria, una abierta a las reformas liberales y otra anclada en la tradición conservadora, una policéntrica y otra monolítica, una que pretende mantener el consenso ciudadano y otra que busca un fundamento populista.

Esta contradicción llevó a la fractura de la izquierda mexicana cuando el PRD fue abandonado por su tendencia más radical y autoritaria, representada por el lópezobradorismo quien optó por fundar su propio partido.

Desde entonces el PRD busca reconstruir su identidad superando los esquemas culturales y políticos del pasado, para ofrecer a la sociedad una perspectiva innovadora desde la izquierda democrática.

Sin embargo, hasta ahora ha sido un proceso inconcluso por su incapacidad para transformar en política cotidiana el rico legado de ideas de que dispuso durante decenios.

La izquierda de los derechos 

También porque a lo largo del tiempo vivió el síndrome de la impotencia y el complejo de la derrota, siendo marginado frecuentemente de los procesos de toma de decisiones y mostrando problemas para articular un proyecto alternativo socialmente creíble.

Cuando cayó el sistema socialista en 1989 parecía que había llegado el momento de su necesaria renovación política e ideológica que a pesar de todo, nunca llegó.

El derrumbe de la Unión Soviética marcó el final de un orden político que pretendía la emancipación humana, pero que terminó ofreciendo un modelo autoritario.

Entre las razones de su fracaso destaca la naturaleza antidemocrática de los regímenes que nacieron a su amparo, la ausencia de oposiciones y de capacidad de adaptación, la violación sistemática de los derechos humanos y de las libertades civiles, la ineficiencia económica producida por la centralización planificada, el carácter autorreferencial de su ideología, la rigidez de las jerarquías en la esfera política, así como la presión sofocante del Estado sobre el conjunto de la vida social.

Todo ello sin que la izquierda mexicana fuera capaz de formular una autocrítica respecto a la crisis global del socialismo. Simplemente se asumió, sin más, la nueva configuración de fuerzas sin renovar el proyecto político.

Las tareas que hoy se le presentan al PRD son inmensas.

En primer lugar, entender el problema difícil -pero necesario- de asumir la democracia en serio, no como un medio para algo más sino como un fin en sí mismo.

Debe constituirse en una izquierda que asuma a la democracia como el eje central de su propia cultura política, lo cual nuevamente la colocaría a la ofensiva respecto a las condiciones del México contemporáneo.

También tendría que asumir que no existe política, y ciertamente no puede existir una política de izquierda, sin ideas, cultura, propuestas programáticas y valores éticos.

Foto: Especial

Actualmente, el PRD tiene la oportunidad de convertirse en una fuerza política radicalmente democrática.

Muchos piensan que una izquierda innovadora entendida como la “sistemática crítica reformadora de lo existente” puede sustituir a la actual clase dirigente, ineficiente, incapaz y autoritaria, pero la pregunta que se impone es si puede hacerlo esta izquierda.

Considero que sí es posible, a condición de que el PRD se abra a la ciudadanía para convertirse en la izquierda de los derechos.

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