La escena parecía una postal del viejo Valle de México reclamando lo que alguna vez fue suyo. Pacientes y personal atrapados en las instalaciones del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino, automovilistas observando impotentes cómo el agua avanzaba sobre Periférico, vehículos abandonados a mitad del camino y familias enteras intentando cruzar calles convertidas en ríos. La tormenta duró apenas unas horas, pero bastó para recordar que la Ciudad de México sigue siendo una metrópoli extraordinariamente vulnerable frente a un fenómeno tan predecible como la lluvia.
La pregunta comenzó a circular casi de inmediato entre los conductores atrapados, los vecinos afectados y los usuarios de redes sociales: ¿dónde está Tlaloque?
Hace apenas unas semanas, Clara Brugada presentó con entusiasmo el Operativo Tlaloque 2.0 y anunció una inversión superior a los 3 mil 360 millones de pesos para enfrentar la temporada de lluvias. Se habló de cientos de obras hidráulicas, nuevas plantas de bombeo, miles de trabajadores desplegados y una ciudad más preparada que nunca para resistir precipitaciones extraordinarias. El discurso era ambicioso, la realidad también.
Y es que lo ocurrido esta semana no fue una sorpresa meteorológica. Las lluvias llegan cada año. Los puntos de riesgo son conocidos. Las inundaciones en el poniente y el sur de la ciudad aparecen una y otra vez en los mismos mapas.
El desbordamiento del río San Buenaventura no ocurrió en un sitio desconocido. Tampoco el colapso de Periférico. Y entonces, si los riesgos están identificados, si el presupuesto se duplicó y si las obras están en marcha, ¿por qué la ciudad sigue reaccionando como si cada tormenta fuera un acontecimiento imprevisible?
Tal vez porque Tlaloque funciona mejor como protocolo de reacción que como política de prevención. Las bombas llegan cuando el agua ya cubrió la vialidad. Las brigadas aparecen cuando el tráfico lleva horas detenido. La maquinaria trabaja cuando los ciudadanos ya perdieron media jornada atrapados dentro del automóvil. El gobierno presume capacidad de respuesta; los ciudadanos no observan resultados.
La contradicción es todavía más evidente cuando se observa el papel de las alcaldías.
Durante años se vendió la idea de que los gobiernos locales acercarían las soluciones a los problemas cotidianos. Sin embargo, cuando llegan las emergencias metropolitanas, las responsabilidades se diluyen entre oficinas, niveles de gobierno y conferencias de prensa. Todos participan. Nadie responde.
Las lluvias tienen una virtud que ningún adversario político posee: no creen en narrativas. No distinguen colores partidistas. No se impresionan con campañas institucionales ni con espectaculares promesas sobre la ciudad del futuro. Simplemente exhiben aquello que funciona y aquello que no.
Y esta semana dejaron una imagen difícil de borrar: una ciudad paralizada por el agua mientras sus gobernantes parecían buscar explicaciones para un problema que conocen de memoria.
NOCAUT.
Periférico convertido en río. El Hospital Fray Bernardino atrapado por las inundaciones. El río San Buenaventura fuera de control.
Y mientras los ciudadanos intentan salir del agua, costaba trabajo encontrar a Gaby Osorio en Tlalpan o a Circe Camacho en Xochimilco.
Quizá las alcaldesas estaban atendiendo la emergencia.
O quizá ya se mimetizaron tanto con la fauna política de la ciudad que terminaron convertidas en ajolotes.


