Ciudad de México.- “Mañana puedo ser yo”, dice un reportero mientras platica con otro, antes de marchar a la Procuraduría General de la República (PGR) para exigir justicia en los recientes asesinatos de sus colegas.
Marzo ha sido un mes despiadado para el periodismo. Hace dos días, Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, fue acribillada frente a su hijo de 14 años. Sería un día como cualquier otro, sin embargo, su vida dio un vuelco cuando en vez de acudir a la escuela tuvo que ir al sepelio de su madre.
Una semana atrás, en Veracruz mataron a Ricardo Monluí y días antes se privó de la vida a Cecilio Pineda en Guerrero. Los tres estados están sumidos en la violencia del narcotráfico, mientras los corresponsales llegan a ganar entre 300 y 500 pesos por nota publicada.
Los compañeros de Miros, como ellos le llaman, fueron los primeros en llegar al Ángel de la Independencia.
Por un momento todos se volvieron uno, el medio, por un momento, pasó a segundo término. Lo único que importaba era alzar la voz.
Las cosas cambiaron por un día, y es que aquellos que se dedican a documentar este tipo de movilizaciones, hoy se convirtieron en los protagonistas de la historia.
Al menos 200 personas, en su mayoría periodistas, se dieron cita en el lugar convocado un día antes por redes sociales.
El ambiente hablaba por si solo, la tristeza y el enojo fueron los acompañantes de la protesta.
Llama la atención el comportamiento de los reporteros de La Jornada, están desencajados, aún no conciben la forma en la que su compañera perdió la vida.
Ella es la número tres del mes, claman justicia, por ella, por su familia, por todos.
Uno de ellos está sentado lejos de la multitud, llora mientras sostiene la foto de la mujer recientemente asesinada, trabajo con ella y sabe que será difícil hacerse a la idea de que está muerta. “Si yo no logro asimilarlo no quiero imaginar cómo están Carlitos y Andrea (sus hijos)”, se lamenta el periodista.
Ahora, Miroslava, se convertirá en un recuerdo y su compañero teme que con el tiempo a la gente se le olvide quién es ella y los motivos de su muerte.
Cerca de las 4:30 de la tarde, avanzan por Paseo de la Reforma. Se saben pocos, pero nada los detiene, saben que son ellos quienes a diario le hacen saber a las personas lo que está pasando.
Es su día, temen por ellos, por lo que está sucediendo a su alrededor. Aún se escucha entre pláticas de viejos amigos “mañana puedo ser yo”.
La competencia no tuvo cabida, la solidaridad fue la protagonista del día. Mientras caminan gritan: "¡Justicia!”, “Ni un periodista más asesinado” y “todos somos uno”.
La gente los mira sin entender como una comitiva tan pequeña podía gritar con tanto fervor y coraje.
Mariana, una joven que recién cumple 15 años, estaba molesta y es que por mucho tiempo planeó que el Ángel de la Independencia sería el escenario ideal para su sesión fotográfica.
Llegó con su vestido naranja y sus 12 chambelanes. No entendía que pasaba, gritaba y manoteaba. La protesta había arruinado su día.
Un camarógrafo se percata de la escena, se acerca a la joven y tras unos minutos de charlar con ella se tranquiliza. “Le dije que mientras ella celebra un año más de vida, nosotros luchamos por la nuestra. Bastó explicarle que mientras ella es feliz en este momento un joven de 14 años llora la muerte de su madre”.
Mariana se quedó ahí, mirando todo lo que sucedía, ahora un tanto más consciente de la marcha.
Al llegar a la PGR, parecía que una ola de tranquilidad abrazaba a los inconformes. Saben que tendrán que seguir peleando por Miroslava y los 123 periodistas asesinados del 2000 a la fecha, pero no lo harán solos, están unidos, fuertes y en pie de lucha. Todo vale la pena, dicen, pues “mañana puedo ser yo”.


