Con traje perfectamente entallado, sonrisa medida y celular siempre en mano, Adrián Rubalcava camina por los pasillos del antiguo Palacio del Ayuntamiento como si le pertenecieran. Su andar denota seguridad, su mirada, cálculo. Es un político de oficio, de esos que entienden que el poder no se hereda ni se improvisa, sino que se construye, paso a paso, a veces saltando de partido en partido.
Rubalcava inició su carrera en el PRD, pero pronto migró al PRI, partido con el que alcanzó notoriedad al gobernar Cuajimalpa en dos ocasiones. Su sello fue el control territorial y la cercanía con la ciudadanía, aunque sus métodos —criticados por autoritarios por algunos opositores— le valieron fama de operador político eficiente. Bajo su mandato, Cuajimalpa se convirtió en una de las alcaldías mejor evaluadas en seguridad, aunque no sin polémicas por presunto uso clientelar de programas sociales.
En 2023, su ambición por la Jefatura de Gobierno lo llevó a buscar la candidatura por la coalición opositora. Pero cuando no fue elegido y la candidatura se inclinó hacia Santiago Taboada, Rubalcava rompió con el PRI, denunció imposiciones y dio un salto sorpresivo: se unió a Claudia Sheinbaum y al proyecto de la 4T. Su repentino cambio generó fuertes críticas y lo etiquetaron de oportunista, aunque él justificó su decisión como una apuesta por la ciudad.
Ahora, con su nombramiento como director del Metro de la CDMX, Rubalcava enfrenta una prueba mayor: dejar atrás los escándalos y demostrar que puede con la compleja tarea de modernizar y administrar el sistema de transporte más importante del país. El político camaleónico está de nuevo en el centro del escenario, y sabe que en este nuevo cargo, no hay margen para tropezar.


