Los que no le cantaron a Stalin



Ciudad de México.- Los 14 de abril siempre fueron especiales. Recuerdo aún, el viejo castillo en Mixcoac y la emoción con la entonación del himno de Riego que emprendíamos, con más pasión que conocimiento, los alumnos del Colegio Madrid. La alegría y la nostalgia se mezclaban al ver hondear las banderas de la República Española y de México.



En algunas ceremonias asistían los abuelos, veteranos de una guerra que había partido en dos España y que a ellos los mandaría a un exilio que en la mayoría de los casos se prolongaría por toda su vida.



También sabíamos, porque nos lo contaban en las comidas dominicales, en medio de paellas, vino tinto, brandy y puros, que quienes llegaron a nuestro país eran afortunados. Sin duda lo eran y más quienes lograron reencontrar a su familia luego del peregrinar por campos de concentración de refugiados en Francia o de arriesgarse en otras guerras igual de urgentes.



TE PUEDE INTERESAR: Covax, la única oportunidad



Algunos perdieron casi todo, pero atesoraron su dignidad, como Jesús Hernández, ministro de Educación y Propaganda del último gobierno antes de la derrota de la democracia.



Hernández era comunista y muy relevante. Miembro del Comité Central de su partido, tenía que lidiar con la guerra y con los rusos. Stalin “colaboraba” con asesores que en realidad trabajan de espias y saboteaban a las fuerzas republicanas.



Hernández escribió un libro revelador: Yo fui un ministro de Stalin, una crítica despiadada y triste sobre los dobles juegos de la potencia que dejó abandonados a los republicanos y que propició el triunfo de Francisco Franco con el apoyo de Hitler y Mussolini.



Hernández narra las peripecias para mantener la moral de las tropas, impedir que la desazón se apoderada de quienes todavía batallaban para sostener una situación ya a esas alturas difícil y sinuosa.



Por su estatus de dirigente del Partido Comunista Español (PCE), Hernández pudo viajar a Moscú, luego de la derrota republicana, en donde vivió algunos años que resultaron duros por sentirse vigilado en todo momento y por constatar la gran traición que habían sufrido quienes creyeron que desde el Kremlin se planeaba y trabajaba por la construcción de un mundo mejor.



Descubrió, con desencanto, que aquel país en el que en teoría gobernaban los proletarios, era en realidad un enorme campo de concentración, en el que la miseria de la mayoría de la población contrastaba con las riquezas de su burocracia.



Pudo salir de la Unión Soviética para encontrar cobijo en México, pero Stalin se quedó con dos rehenes, su madre y su hermana, de las que ya no supo más. Eso lo marcó para siempre.



Hernández, a su modo, fue un gigante, lucho por su país y pagó por sus equivocaciones un precio muy alto, que acaso nadie debiera costear.



Fue padrino de mi madre y de algún modo, cuando escucho el piano y los acordes del himno de Riego, pienso en él y en los abuelos, no solo en abril, pero sobre todo en abril.

Etiquetas: CDMX Capital CDMX Julián Andrade Comunismo Francisco Franco