La institucionalización del odio



Ciudad de México.- La memoria representa una tiranía que no permite perdonar.



Este miércoles 27 es el Día de la Shoá que recuerda a las víctimas del Holocausto quienes sufrieron persecuciones y asesinatos sistemáticos por parte del régimen nazi y sus colaboradores.



Fue un genocidio planificado científicamente, organizado por una burocracia irreflexiva y que fue llevado a cabo escrupulosamente cobrando la vida de más de seis millones de personas.



Los nazis estuvieron en el poder de 1933 a 1945 y durante ese periodo desarrollaron una eficiente estructura institucional para imponer la ideología de la raza superior a otros pueblos, grupos étnicos y religiosos considerados inferiores física e intelectualmente.



La reclusión, el trabajo esclavo y la muerte alcanzaron principalmente a los hebreos al ser asesinados dos de cada tres integrantes de su comunidad en Europa.



Pero la limpieza étnica, ideológica y política también se extendió hacia otros grupos como los gitanos y a otras nacionalidades como los polacos y los rusos, así como a los comunistas y socialistas.



El exterminio alcanzó a quienes eran portadores de alguna discapacidad o profesaban otras religiones minoritarias, a los homosexuales y a distintas categorías sociales cuyos comportamientos no se “ajustaban” al orden establecido por el nazismo.



La ideología racista es ambigua y en el curso de la historia occidental ha adquirido una pluralidad de significados que, en algunos casos, son contradictorios.



El pensamiento racial asumió una dimensión doctrinal en el siglo XIX, a través de pensadores como Joseph Arthur de Gobineau y Houston Stewart Chamberlain, quienes desarrollaron teorías de base biológica sobre la superioridad racial.



En el siglo XX adoptó una perspectiva práctica con el exterminio de los judíos en Europa inaugurando el paradigma totalitario.



En pleno siglo XXI surge nuevamente justificándose con argumentos de pureza social y seguridad nacional como acontece con los migrantes.



La pertenencia comunitaria parece triunfar sobre los grandes ideales universalistas y los criterios democráticos retroceden ante los nacionalismos y los populismos más regresivos.



Aún debemos estudiar las causas estructurales, culturales e institucionales que permiten el desarrollo de la polarización social y de la concentración y la personalización del poder político.



El desarrollo de gobiernos dirigidos por líderes que pretenden encarnar la “voluntad de la nación” generalmente terminan integrando al partido con el Estado para imponer su dominación.



Diversos historiadores y juristas han ilustrado como el nazismo, que llegó al gobierno por medios democráticos, consolidó su poder a través de la modificación sistemática del orden legal para dotar al líder supremo de amplias capacidades de decisión sobre la base de la voluntad inmediata del pueblo.



El asalto a la democracia y la consolidación de la tiranía permitieron la institucionalización de los mecanismos del odio a través de la ley.



Se impuso una forma de aplicar el derecho que debería servir para la transformación de las legislaciones heredadas del pasado. La voluntad del caudillo fue elevada a fuente supra-legal del derecho y considerada suprema norma no escrita del ordenamiento jurídico.



El nazismo paulatinamente descalificó al Estado Constitucional de Derecho, con su normativismo legalista y su carácter liberal, por sus reglas inviolables y predeterminadas.



Cuando un gobierno con apoyo popular busca transformar sistemáticamente las leyes para aumentar su poder o instaurar un monopolio político, el autoritarismo asoma su rostro inevitablemente.



Por ello es que la memoria resulta fundamental para rechazar cualquier forma de tiranía. De aquí la importancia de cultivarla, porque el odio solo se combate rechazando su invitación al contagio.



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Twitter: @isidrohcisneros

  • Isidro H. Cisneros

    Isidro H. Cisneros

    Doctor en Ciencia de la Política por la Universidad de Florencia, Italia. Licenciado en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciado en Derecho por la Universidad La Salle del Pedregal. Fue diputado de la Asamblea Constituyente de la CDMX.

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