La Revolución y las lágrimas del Presidente



Ciudad de México.- El 20 de noviembre perdió lustre y desde hace años. Las celebraciones de la Revolución Mexicana consistían en un desfile deportivo que tenía réplicas por todo el país.



Me tocó marchar en la delegación Coyoacán. Las primarias y secundarias del rumbo se unían a las celebraciones de los héroes patrios.



Horas y horas de espera, para recorrer algunas calles y saludar al delegado y a sus invitados. Las bandas de guerra competían en estridencia, ya que la atmósfera hacía imposible que lo hicieran por calidad. La de la Secundaría Técnica 17 era razonable y peleaba bien las palmas de los transeúntes, vecinos y despistados.



La Revolución Mexicana era una maraña de contradicciones, en primer lugar porque no hubo uno, sino varios proceso históricos que nos condujeron a donde estábamos.



Pero no nos importaba, podíamos poner, como se sigue haciendo, a Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Francisco Villa, Álvaro Obregón y Emiliano Zapata en el mismo costal.



Todos nuestro héroes, cabe recordarlo, habían muerto asesinados a traición y muchas veces entre ellos.



La historia de bronce, la narrativa oficial se permitía esas licencias que, al fin y al cabo, tenían un final feliz, de acuerdo con esa lógica: Un régimen de partido dominante, en un contexto internacional donde los golpes y las dictaduras se sucedían unos con otros.



Era el final del gobierno de José López Portillo, quien se decía el último jefe de Estado producto de aquellas herencias. Tenía una credencial para certificar su linaje: La nacionalización de los bancos.



Todavía recuerdo el Informe de Gobierno, las frases concretas para anunciar “la nacionalización de la banca privada” y para “establecer un control generalizado de cambios”, porque “nos saquearon y no nos volverán a saquear”.



López Portillo lloró y prometió “defender el peso como un perro”. Nadie ha vuelto a ver a un titular del Poder Ejecutivo soltar las lágrimas y en cadena nacional.



Alguna vez conversé con él al respecto (un apunte de ello lo publiqué en Etcétera, hace ya varios años) y estaba convencido de que utilizó, por última vez, el poder presidencial con semejante osadía y fuerza. Es probable, porque iniciaría, desde el termino de su mandato, una larga transición a la democracia que culminaría con la llegada de Vicente Fox, un opositor panista, al poder 18 años después.



Recordar esos días tiene sentido en la medida de valorar lo que se consiguió, ese penoso esfuerzo que trajo democracia, que estableció instituciones y que más nos vale proteger.

  • Julián Andrade Jardí

    Julián Andrade Jardí

    En la actualidad soy periodista y consultor. Escribo en diversos medios y entre ellos Forbes, La Crónica de Hoy y Etcétera. En La Razón me desempeñé como columnista y editor jefe. En Milenio trabajé como coordinador de información y en La Crónica de Hoy como subdirector. Dirigí Newsweek en español. En el ámbito de gobierno, fue coordinador general de comunicación social en el gobierno de la Ciudad de México y en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de Federación. Soy autor de la novela "La lejanía del desierto" y coautor, con Jorge Carpizo, de "Asesinato de un cardenal".