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Familiares de víctimas siguen a la espera de un milagro

Gonzalo Suárez sigue a la espera de un milagro, espera paciente en la banqueta de avenida Zapata, junto al complejo habitacional de Portales que se encuentra a menos de una cuadra de Calzada de Tlalpan, espera a que los rescatistas le den la mejor noticia previa a su cumpleaños; que su esposa salga con vida de los escombros.

Este joven contador tiene 33 años y tiene cuatro de casado con la mujer con la que sostuvo noviazgo de poco más de 10 años, esa chica a la que conoció en la universidad, en la Escuela Bancaria y Comercial, que ahora se encuentra bajo estructuras de poco más de tres toneladas de concreto.

“Lo más difícil es que ella estaba enferma, tenía una gripa que le impidió ir a trabajar, tuvo que quedarse en casa para recuperarse, por esa razón no salió de casa, eso me hace tener una impotencia enorme, porque pude haberme quedado con ella, pude haber trabajado desde casa, pude haberla sacado de ahí.

“Vengo todos los días, desde ese martes, porque quiero que Ingrid esté conmigo, nos preparábamos para un viaje a Los Cabos porque mi cumpleaños es el próximo 5 de octubre, ella lo había planeado todo y apenas la semana pasada me regaló los boletos, es injusto que esto suceda, no puedo explicarte la impotencia que siento, pedí a los soldados que me dejen participar en mover las piedras, pero no me dejan”, confesó.

Ingrid Espinosa, es corredora de bolsa y tiene la misma edad que su marido, tuvo que quedarse en el departamento 405, en el cuarto piso de seis y ubicado hasta el fondo del complejo habitacional que apenas tenía un año de haber sido construido, lo que pudo haber complicado la su salida de la vivienda.

Gonzalo llega todas las tardes a las 17:00 horas, se quita el saco y la corbata para acercarse a los rescatistas y preguntar sobre “La Chichi”, apodo de su mujer, además de que lleva cubetas y las pasa a los demás voluntarios para apresurar los trabajos de rescate.

El contador no ha dormido, no ha comido y, aunque se queda en casa de sus padres en San Pedro de los Pinos, acude a las 5:30 de la madrugada, tres horas antes de su ingreso a su trabajo, para recibir la tan anhelada noticia.

“Mis padres me insisten que vaya a un psicólogo para que me ayude a digerir lo que esta sucediendo, pero pierdo tiempo en eso, prefiero llegar temprano e irme a las 12 de la nochepara no dejar ningún espacio a alguna noticia que puedan darme de Ingrid, porque esa es mi prioridad.

“Apresuro mi trabajo, lo adelanto, no tengo más en la cabeza que encontrarla, quiero volver a verla, sé que está con vida, en serio y te juro que la escucho que grita desde ahí dentro, que está ahí me pide que la saque, por eso estoy aquí y no me voy a ir hasta verla nuevamente”, dijo con una gran ansiedad.

Agacha la cabeza y busca en su cartera una foto, encuentra a una chica de piel morena clara, ojos café claro, cabello rizado y complexión delgada; “ella es Ingrid, el próximo año pensábamos encargar familia, tenemos más de 10 años de conocernos y ya era hora de hacerlo”.

A casi una semana del sismo de 7.1 grados que azotó a la Ciudad de México, Gonzalo insiste y se niega a retirarse, se mantiene en esa banqueta que lo ha visto llegar todos los días, que lo ha visto llorar y lo ha visto rezar.

“Me piden que me vaya, pero aquí me quedo, no me voy a ir, seguiré esperando y se que algo sucederá, Ingrid saldrá y la abrazaré y nos iremos de viaje, como lo habíamos pactado”.

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