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El reacomodo



Ciudad de México.- El jueves sinaloense aceleró la revisión del fondo y la forma de las relaciones de seguridad con Estados Unidos. ¡Ya era hora! El gobierno federal llega con varias décadas de retraso.



El pasado miércoles 23, Washington le dio un jalón de orejas a la 4T. José Díaz Briseño, corresponsal de Reforma en Washington, asistió a la audiencia en la cual un subsecretario de Estado, Richard Glenn, reconvino con dureza a México. “Necesita hacer más” en el combate a los carteles –sentenció– Y la tarea más urgente –añadió– es “desarrollar y compartir con [Estados Unidos] una estrategia integral para confrontar el crimen organizado". Al negar la existencia de una estrategia, criticaba al presidente y al gabinete de seguridad; quienes la presumen y defienden todo el tiempo.



La mañana siguiente, el presidente hizo a un lado la mansedumbre habitual hacia las insolencias de Donald Trump y descalificó al diplomático estadounidense. “No deben funcionarios de otros países opinar sobre asuntos internos que solo corresponden a nuestro Gobierno, es hasta de mal gusto hacerlo". En este tema siempre ha habido reproches públicos. Lo relevante vino, cuando Marcelo Ebrard tomó el micrófono de la mañanera.



Primero explicó lo sucedido en una reunión a puerta cerrada del lunes 21. El gobierno federal –explicó– convocó a “una reunión extraordinaria al embajador” de Estados Unidos y a “todo su personal”. Después contó lo sucedido en el encuentro. “Normalmente –explicó Ebrard– las reuniones [de seguridad] con Estados Unidos son: ¿qué se hace en México? y la reunión del lunes fue: ¿Qué van a hacer ustedes en Estados Unidos?” Se refería en concreto al “tráfico ilícito de armas”. Luego hizo una reflexión muy pertinente: “De todas las reuniones de seguridad [en] que yo he estado, es la primera vez que oigo eso”.



Tiene razón. En asuntos de seguridad, quienes gobiernan México han optado por el silencio y el sometimiento frente a Estados Unidos. La actitud se inicia con un entendimiento informal, alcanzado en 1927 por el presidente Plutarco Elías Calles y el embajador de Estados Unidos Dwight W. Morrow.



En lugar de irse a la guerra por la aplicación del artículo 27 de la Constitución de 1917, los dos gobiernos acordaron apoyarse mutuamente, aunque guardando siempre las apariencias. México estuvo al lado de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría y Estados Unidos se mostró tolerante con la represión de opositores, la corrupción y los fraudes electorales. El entendimiento inequitativo pudo mantenerse por tanto tiempo, porque lo envolvieron en la opacidad.



Washington decidió las grandes líneas estratégicas del combate al crimen organizado y los gobiernos mexicanos lo aceptaron. En diversas ocasiones recurrieron al chantaje. La Operación Intercepción de 1969 es el ejemplo más nítido. Uno de los operadores del sorpresivo cierre de la frontera fue Gordon Liddy. En sus memorias calificó a esa Operación –ordenada por Richard Nixon– de “chantaje internacional puro, simple y efectivo. Fue diseñado para doblegar a México a hacer lo que decíamos”. Tuvieron éxito. Gustavo Díaz Ordaz ordenó la matanza de estudiantes, militares y policías el 2 de octubre de 1968, pero agachó la cabeza ante Estados Unidos en septiembre de 1969. Ese es el patrón.



El sometimiento ha sido contraproducente, porque la estrategia diseñada en Estados Unidos tiene fallas muy serias. La principal, es negar que una solución de fondo requiere de una visión compartida del fenómeno. Una omisión particularmente escandalosa ha sido la indiferencia estadounidense hacia el contrabando ilegal de armas. Lo novedoso, es la decisión mexicana de tomar la iniciativa y convocarlos para preguntarles: ¿qué hará el gobierno de Trump para frenar el contrabando ilegal de armas utilizadas para asesinar o herir a centenares de miles de mexicanos?



La respuesta tardará en llegar, porque toca fibras estadounidenses muy profundas. Aun así, el gobierno mexicano tiene la obligación de seguir insistiendo, sobre todo después de constatarse el arsenal a disposición del Cartel de Sinaloa. Para México, el objetivo es obtener una estrategia regional para la Cuenca del Caribe. El crimen organizado –asumámoslo– nació internacional y se ha transformado en una amenaza trasnacional.



@sergioaguayo
Colaboró: Mónica Gabriela Maldonado Díaz

Etiquetas CDMX Capital CDMX Culiacán Marcelo Ebrard AMLO

Sergio Aguayo

Acadmico y analista. Naci en Jalisco y creci en Guadalajara. En 1971 lleg a la ciudad de Mxico a estudiar la licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de Mxico. Realiz la Maestra (1971), doctorado y post-doctorado (1977-1984) en la Universidad Johns Hopkins. Desde 1977 es profesor investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de Mxico y tiene el Nivel III en el Sistema de Investigadores. Actualmente coordina el Seminario sobre Violencia y Paz en esa institucin.

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