El miedo es Rey



Ciudad de México.- El pequeño Lorenzo tenía 3 años y unos meses cuando descubrió que en su casa, junto a la biblioteca de su padre había una especie de florero de vidrio retacado de pequeñas bolitas de cristal.



No pasaba un día sin que se se tratara de acercar a ver las pequeñas bolas transparentes de diversos colores y figuras de trébol que se amontonaban dentro del bote de vidrio.



— ¡No te acerques ahí! — le gritaba su madre cada que lo veía rondar la zona y le advertía que era peligroso. Ella suponía que como el niño todo se lo llevaba a la boca, era muy fácil que un día tomara una de las canicas de su padre y se atragantara. ¿Qué sería de su vida sin su único hijo?



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Leonardo el padre de Lorenzo, era el zapatero de ese pueblo mexicano conocido como Neza, su nombre real era Nezahualcóyotl, a todo mundo le daba pereza pronunciar el nombre del monarca mexica y comúnmente se referían al lugar marginal de la zona oriente de la Zona Metropolitana del Valle de México como Neza. Leonardo ya había tenido varios desencuentros con la madre de Lorenzo por el florero lleno de canicas. La mujer siempre perdía la discusión ante su esposo que si tenía una virtud, era la perseverancia y si tenía un defecto, era la necedad. “Eres necio como ya sabes quien”, le recriminaba la esposa tras cada discusión bizantina por mover el florero inofensivo, sin embargo, para la madre de Lorenzo podría ser una arma mortal como lo puede ser todo aquello que le produce miedo al hombre.



Harto de las discusiones, un día don León, así era conocido en el pueblo que 30 años antes sólo tenía 100 habitantes, le confesó a su mujer por qué una centena de canicas tenían tanto valor para él.



Una día primaveral cuando niño, León jugaba solitario en la calle con las canicas, un juego ancestral que le había enseñado su abuelo Eduardo. El entretenimiento consistía en hacer un pequeño hoyo en la tierra y quien poseía la canica debía meterla en ese agujero. Al hacerlo tendría un poder para con la misma eliminar a cualquiera de sus oponentes al golpear suave o fuerte. En la partida y en la vida, la canica posee un valor letal como el miedo.



En esa época, por allá de 1980, cuando México era gobernando por un señor López, quien siempre dijo defendería el peso como un perro (nunca lo hizo), solía ser común que todos los niños, adolescentes y adultos salieran a las calles y en sus banquetas hallaran un tramo de tierra dispuesto al juego de las canicas. En el barrio se apostaban dulces, canicas y hasta dinero.



León recuerda con mucha tristeza aún cuando el miedo se plantó en su rostro. “Ahí estaba jugando solo con mi canica en la tierra, no había nada de tecnología como ahora y junto a mi pasó el Rey del pueblo”, narraba don León a su esposa, quien picaba cebolla para aderezar el caldo de pollo, arroz y garbanzos.



El Rey era un nombre llamado Donaldo, odiado por todo el mundo porque había nacido en cuna de oro, nunca lo vieron en las calles juntarse con los plebeyos, quienes entonces no eran más de 50, ni bañarse de tierra y lodo como todos los niños del pueblo que jugaban a las canicas. Al verlo pasar, bañado en telas de seda y joyas, les despertaba envidia y miedo pues sabían que mes con mes el dinero producto de su trabajo terminaba en sus manos y era usado en construir su palacio que únicamente se sabía que se encontraba en medio de lo que todos creían era un gran basurero llamado el Bordo de Xochiaca.



Ese día Donaldo, al ver a Leonardo feliz con sus canicas, lo tomó por la espalda, le vendó los ojos y se lo llevó corriendo al Palacio donde reinaba. Ya tenía un plan oscuro para paralizar a todo Neza con el secuestro.



¿Qué podría pretender el Rey del pueblo si lo tenía todo? Pronto lo entendería Leonardo quien al desaparecer súbitamente era buscado por todo el pueblo. Nunca en los 70 años de Neza había desparecido un menor, menos aún afuera de su casa, donde sus padres lo dejaban salir libre a jugar al no haber ningún tipo de riesgo como hoy que los niños son robados.



Donaldo, quien desde su palacio siempre veía con deseo maligno a los niños jugar felizmente a las canicas, habría hurdido un proyecto para paralizar el pueblo y tener en cautiverio a Leonardo hasta que le enseñara el azaroso juego que nadie en su familia sabía y menos aún él podía haber disfrutado de niño por ser una tradición de los pobres.



Para ello, lo primero fue raptar a Leonardo y cuando todos andaban en busca de él en el pueblo, fue y lo internó al consultorio médico del pueblo, atendido por Marcelino, único médico del poblado, a quien le dio una instrucción certera, que de no cumplirla sería colgado en la hoguera.



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“A la media noche saldrás a la plaza del pueblo donde está El Coyote gigante de Sebastián y junto al párroco vas a informar a los padres de Leonardo y a todos los demás pobladores que está bajo resguardo por portar un virus maligno al parecer contraído por jugar canicas en la tierra”, le instruyó el Rey al galeno.



Marcelino, amenazado por el Rey, cumplió la orden y pidió a todos los pobladores quedarse en casa 40 días -los mismos en que se vivió el diluvio que dio pie a la vida humana según la Biblia– porque era el tiempo estimado en que se sabría si Leonardo viviría o moriría, por el momento nadie podría salir de sus casas o de lo contrario se infectarían y su vida estaría en riesgo al no haber cura alguna para ese mal.



El dueño de la tienda más grande de Neza, quien había estado en la plaza y escuchó el mensaje del médico le dijo a cada uno de sus marchantes. Los marchantes compraron todo lo que pudieron de la tienda y se encerraron en su casa con miedo. Y al ir a su hogar todos se iban diciendo con pánico la tormentosa noticia.



— ¡Métanse a sus casas! — gritaba el médico a todo hombre y mujer que veía en la calle y a quien le preguntaba por qué les explicaba que una enfermedad maligna amenazaba con matar a todo el pueblo. Un niño ya estaba contagiado y aislado porque podía dañar a otros y en el pueblo no había ni medicina ni hospitales para atender a todos.



El rumor corrió como fuego en un pajar y los aldeanos se encerraron en sus pequeñas casas. No sabían más, sólo había miedo entre ellos. El señor campesino vio como sin labrar la tierra su maíz se secaba. El hombre de la mina sin sus trabajadores no producía acero. La mujer costurera moría de ansias al no poder pedalear su máquina. Todos estaban ocultos, paralizados por miedo. Las calles que eran amplias y polvorosas con las lluvias se volvían pantanos aunque sin ningún peligro al no haber vida alguna. Por las noches se oía la vehemencia con que soplaba el viento como anunciando la muerte.



Mientras, Donaldo había liberado a Leonardo en el palacio y ahí el pequeño de 10 años descubrió que no había un basurero como todos pensaban sino un inmenso jardín con cortesanos como el párroco don Francisco o el alcalde Juan Hugo y los senadores y diputados reposados en inmensas camas de seda con las mejores frutas y vinos que les daban en la boca edecanes con poca ropa.



Lo que había descubierto era una desgracia porque siempre había visto a sus padres y familiares trabajar de sol a sombra para pagar renta al Rey y vivir en la pobreza.



— ¡Haz un hoyo en la tierra! — le ordenó Donaldo al pequeño León, quien no reaccionaba y seguía estupefacto por lo que había visto.



— ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuándo veré a mis padres? — preguntó el niño asustado.



“Pronto, no te preocupes por eso que tus padres y los demás están a salvo, sólo es un proceso que tienen que vivir para evolucionar, cuando vuelvas ya nada será igual, es más quizá nunca vuelvas a jugar canicas porque ahora viene un mundo nuevo. Allá afuera después de esta cuarentena habrá calles pavimentadas, ya no habrá tierra, habrá máquinas en las minas, fábricas de costureras, automóviles, plazas comerciales, supermercados, dinero y tantas cosas que nunca has imaginado que algunos llamaran capitalismo. Pero eso sí, todo será para su bien”, dijo el Rey en tono profético. El noble perverso sabía que cada treinta años tenía que inducirse cambios para un nuevo orden social y tocaba ahora al capitalismo modificar los medios de producción, las cosas no cambiarían tanto, ya no serían reyes y plebeyos, burgueses y proletarios... ricos y pobres. Leonardo lo observó con desprecio, ya no creía sus mentiras.



A cambio de revelarle el secreto sobre la nueva industria que habría en en su tierra le pidió que le enseñara a jugar con esas pequeñas bolas de cristal.



Así pasó la primera semana y Donaldo, quien tenía unas delicadas manos que jamás habían lavado un traste siquiera, intentaba poner la canica entre su dedo índice y se le caía. Leonardo día y noche agotaba su paciencia al enseñarle cómo tomar la canica. Sólo debía doblar el dedo índice y clavar el hueso superior de su pulgar en el vidrio para después impulsarlo con fuerza como una catapulta. Donaldo ya era un viejo que había tenido una vida lujosa por recibir los millones que le recaudaba el alcalde y las limosnas juntadas por el párroco, pese a ello dentro de si mismo se sabía vacío, ni todo El Oro del mundo, ni los ágapes, ni las orgías con las más bellas mujeres del pueblo le generaban tanto placer como hacer rodar una canica y gritar “¡chiras pelas!” como le acababa de enseñar Leonardo. Tener el poder y matar eran la base de su hedonismo.



Pasaban las dos semanas y el médico inventaba a la gente que Leonardo entraba en una fase crítica y pidió a todos limpiar sus casas y lavarse las manos para no enfermar. Los pobladores vivían aterrados. El párroco cada domingo salía a la plaza solo y rezaba porque todo volviera a la normalidad algún día. La gente se hincaba a la misma hora en sus casas con escapularios, rosarios y estampas que decían: ¡Detente!



Donaldo era un viejo cansado que si de algo había disfrutado era de los excesos y el no tener una actividad productiva lo había hundido con el paso de los años en sus propios temores. Salía pocas veces a la calle y vivía preso en el palacio. Por eso imagino que tenía que jugar como niño para recuperar la paz interior.



El octogenario con su plan había hecho padecer al pueblo hambre, Neza había enfrentado las horas más difíciles de su existencia. El herrero que había puesto los zaguanes de todas las casas se había suicidado con la soldadora al no tener comida en 24 días. La prostituta supo que sin dinero ya no había placer en el sexo y sus clientes estaban encerrados con temor a morir de quien sabe qué. Ni el sifilis ni el SIDA les había atemorizado tanto.



Antes de cumplirse la cuarentena, Donaldo encantado por ver que todos habían mordido el anzuelo del miedo decidió experimentar más juegos con las canicas. Un día aventó una al aire y quiso cacharla con la boca como si se tratara de una palomita. A pesar de su senectud logró la osadía y la canica rebotó en su falsa dentadura y corrió por su tráquea hasta quedar atrapada en su pecho. Leonardo lo miró con cierta compasión al ver que no podía hablar y se retorcía en el piso de mármol. Pudo salvarlo con un apretón por la espalda pero dejó al viejo asfixiarse.



Tan pronto como pudo agarró el bulto con un centenar de canicas y sin mirar atrás corrió hasta su casa, en medio de un pueblo vacío donde se respiraba miedo.



Entró a su casa y halló a su padre embriagado en el piso con una botella de mezcal a su lado. Su madre estaba llorando en el rincón donde tenía un altar enorme dedicado a la Virgen de Guadalupe. La mujer casi se infarta al ver a su hijo, pensó que era un sueño, un milagro, y entre balbuceos Leonardo sólo le dijo a su mamá que el Rey lo había raptado y escapó porque el Rey había muerto. Huyeron de ahí, sólo con las canicas.



***



Treinta años después, Neza tenía más progreso, fábricas, ferreterías, tecnología y... más violencia. Al mirar a su hijo en el suelo hipnotizado en un celular, Leonardo se acercó a su esposa que machacaba ahora el cilantro y le dijo al oído: “¿Ves?... el miedo es Rey”. El daño estaba hecho.