Cruces y ritos

Los muertos de Oaxaca y la puesta en marcha del nuevo sistema de justicia confirman la desorientación de las élites políticas. Incapaces de dar resultados gastan su tiempo en desgastados rituales.

Me resultan inaceptables algunos métodos de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación –en particular el dejar de dar clases y el bloquear vialidades. Sin embargo, están bien fundamentadas algunas de sus críticas a la Reforma Educativa (me apoyo en las opiniones de Manuel Gil Antón). Lo inquietante es que el gobierno denuncie una “emboscada” en Noxchitlán, Oaxaca, pero todos los muertos sean de maestros o aliados. Esos cadáveres son un peldaño en el camino a la violencia justificada en razones políticas e ideológicas y al que le están aplicando el conocido ritual de la impunidad.

Los medios están llenándose de llamados o promesas de investigaciones que “llegarán hasta las últimas consecuencias”, de los habituales “deslindes de responsabilidades”, de las “instrucciones para que se aplique la ley”. También se responsabiliza a “infiltrados”, “grupos ajenos” y hasta “guerrilleros”. Nada nuevo. Seguramente terminarán en la cárcel un puñado de policías y otro de opositores y su permanencia en las rejas estará sometida a cálculos políticos generalmetne coyunturales.

El párrafo anterior transpira el escepticismo de los convencidos de que México carece de un Estado de derecho y que las leyes han sido diseñadas para ignorarse o violarse. Lo único que al parecer cuenta es la capacidad para defender con la fuerza o la corrupción las plazas, los puestos en las banquetas o las concesiones. Estoy repitiendo, y me excuso por ello, las trilladas ideas del manual de supervivencia del mexicano.

Por eso mismo me llamó la atención el formato de la ceremonia con la cual dieron el banderazo de salida al Nuevo Sistema de Justicia Penal Acusatorio. Se les ocurrió mezclar el brindis de fin de año y la pompa ceremonial republicana. El viernes pasado coincidieron en el Monumento a los Niños Héroes, el Altar a la Patria, mil 500 invitados. Convocados por el Presidente de México estuvieron los 32 mandatarios estatales y la habitual mezcla de empresarios, políticos, intelectuales y líderes sociales. A las 11 empezaron los discursos, pero alguien calculó mal o se brincó una página –sucede– porque terminaron cinco minutos antes de la medianoche. Vino una incómoda espera hasta que en la distancia se escuchó al reloj desgranar sus majestuosas campanadas. En ese momento el presidente de la Suprema Corte de Justicia golpeó la madera con el mazo (el “malletazo”) para dar inicio a ¿una nueva era?

La edición sabatina de El País de España publicó la opinión de José Ramón Cossío, ministro de la Suprema Corte de Justicia que calificó al sistema recién inaugurado como “más declaraciones que tareas cumplidas”. Aseguró que las “omisiones y errores” provocarán cuantiosos “daños sociales e individuales”. Pronosticó que aparecería un “rebaño [de] chivos expiatorios”. Cerró sus reflexiones con una certera remembranza, citó palabras que decían que “Cantinflas, un hombre serio [decía que]  en México, pase lo que pase, nunca pasa nada, y cuando pasa, ya decíamos que iba a pasar. Malos tiempos para la justicia nacional” (“Los conocidos senderos de la nueva justicia”, El País, 18 de junio de 2016).

Vivimos en un país de ritos pensados para disimular la determinación con la cual nuestras élites políticas se niegan a atacar de frente el tejido de complicidades que sirven de sostén a la impunidad. En Colombia pasaba algo parecido hasta que sus élites se tomaron en serio la gravedad de la amenaza. En junio de 2005 el líder de las Autodefensas Unidas de Colombia, Vicente Castaño, soltó una bomba: los grupos paramilitares tenían más del "35 por ciento de amigos en el Congreso". La Corte Suprema de Justicia de Colombia reaccionó quitándoles el fuero. Investigaron a todos los diputados y senadores y para agosto de 2013 habían sido condenados 60 de ellos.

En México, quienes nos gobiernan se entretienen en rituales agotados mientras los caminos del país siguen llenándose de cruces, aumentan los desaparecidos y los hospitales se saturan con heridos. Como en Oaxaca.



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