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Editoriales

Centauro cero

Ciudad de México.- Quienes escribimos historia, buscamos acontecimientos útiles para rastrear orígenes y anticipar futuros. La exhibición de la película Roma de Alfonso Cuarón, en el helipuerto de Los Pinos, sería un caso.

El cambio de régimen en México puede medirse por la evolución en la relación presidente-ciudadanía. Durante muchísimos años –demasiados– el sistema giró en torno a ese personaje mítico, al que se le atribuía el poder para resolver cualquier problema y la capacidad para disciplinar y castigar a los inconformes.

Roma transcurre entre agosto de 1970 y junio de 1971; Gustavo Díaz Ordaz, el presidente distante y represor, dejaba el escenario y Luis Echeverría Álvarez (LEA) iniciaba una apertura rigurosamente controlada. LEA permitió el acercamiento del pueblo bien portado, corrompió intelectuales y reprimió inmisericordemente a los disidentes. Cuarón lo recrea con la matanza del 10 de junio de 1971, cuando Los Halcones –grupo paramilitar– aplastaron a balazos y macanazos, una manifestación estudiantil.

LEA creó escuela, porque desde entonces, los presidentes optaron por acercamientos selectivos con la ciudadanía. El guardián principal era el Estado Mayor Presidencial (EMP) que les asignaba una letra seguida de un nombre en clave. Al anodino Miguel de la Madrid Hurtado lo transformaron en un belicoso “centauro” y, cuando recorría calles o plazas, era rodeado por militares del EMP, que recibían una y otra vez la orden “ele-centauro-cero”; el “0” significaba que los ciudadanos tenían prohibido acercarse, tocarlo o hablarle. Que los dos presidentes panistas aceptaran sin remilgos esta práctica, es un indicador de cuánto interiorizaron la cultura priista.

En la Roma de Cuarón, la familia dependía de dos trabajadoras domésticas y, resolvían sus problemas, recurriendo a amistades influyentes. Desorganizados y desinformados, estaban a merced de un Estado omnipresente y tiránico. Los estudiantes representaban al México inconforme, que durante el siguiente medio siglo se diversificó y apalancó en la urna y en los medios independientes para desmontar, lenta e inexorablemente, a la cúpula del poder político.

Los presidentes quedaron atrapados por fuerzas históricas que jamás entendieron. Disimularon su desconcierto atrincherándose tras un EMP que creció en poder e influencia. El caso de Enrique Peña Nieto es muy revelador. Como candidato a la presidencia utilizó sus atributos físicos para alborotar a mexicanas entronas. Van algunas de las consignas gritadas en sus mítines: “¡Enrique, mangazo, contigo me embarazo!”; ¡“Enrique, bombón, te quiero en mi colchón!” y como remate, estaría el macho generoso que le ofrece pareja al Señor de Atlacomulco: “¡Enrique, amigo, mi vieja quiere contigo!”.

La banda presidencial clausuró el “baño de pueblo”. A los pocos días de la toma de posesión se fue de gira a Tlaxcala y, según una crónica de Benito Jiménez (Reforma 27 de diciembre de 2012) una briosa tlaxcalteca se le abalanzó; la frenó un hosco elemento del EMP con una orden perentoria: "Salúdelo, pero no lo abrace”. La frase define al sexenio de un presidente distante y desligado de las mayorías maltratadas, que respondieron con una monumental pamba electoral.

Andrés Manuel López Obrador ha roto con esa tradición. Una de sus mejores decisiones ha sido entregar las 70 hectáreas de Los Pinos a la ciudadanía. Es simbólico que, el primer acto cultural, fuera la exhibición de Roma en el helipuerto que controlara férreamente un Estado Mayor Presidencial, hoy disuelto. Fue una síntesis de medio siglo de relación presidente-ciudadanía.?

¿Mantendrá el nuevo presidente la apertura cuando vengan las reacciones de quienes están siendo afectados por sus políticas y renacerá, con otro nombre, la guardia pretoriana? Igualmente importante será el impacto -sobre la cultura cívica- de esa demolición de símbolos de la presidencia. Es importante, pero insuficiente, el relevo de personas. La tarea es extirpar de raíz ese modelo de presidencia que prohijaba la desigualdad, la corrupción y la inseguridad.

La solución de fondo depende de la ampliación en el número de personas que asumen su responsabilidad ciudadana y a dejar de esperar que los gobernantes resuelvan todos los problemas. A ellos, hay que apoyarlos y exigirles. Ese es mi deseo para el 2019 y para el sexenio.

@sergioaguayo

Colaboró Zyanya Valeria Hernández Almaguer



Etiquetas CDMX Andrés Manuel López Obrador Luis Echeverría Álvarez Estado Mayor Presidencial

Sergio Aguayo

Académico y analista. Nació en Jalisco y creció en Guadalajara. En 1971 llegó a la ciudad de México a estudiar la licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México. Realizó la Maestría (1971), doctorado y post-doctorado (1977-1984) en la Universidad Johns Hopkins. Desde 1977 es profesor investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México y tiene el Nivel III en el Sistema de Investigadores. Actualmente coordina el Seminario sobre Violencia y Paz en esa institución.

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