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Editoriales

Amor prohibido

Ciudad de México.- En esta época de tolerancia, el amorío entre Morena y el Verde rebasa los límites y se convierte en una afrenta a la congruencia que se traduce en más destrucción de los recursos naturales.

Durante la campaña se forjó un romance que se hizo público a principios de septiembre, cuando los senadores de Morena corrigieron una decisión inicial negativa y le aprobaron a Manuel Velasco una licencia para regresar por unos meses a gobernar Chiapas. Los Verdes correspondieron entregándole unas posiciones a Morena, una de las máximas pruebas de amor político.

El partido mayoritario buscaba cinco diputados para hacerse con la mayoría absoluta en la Cámara Baja. El coordinador Verde, Arturo Escobar, es un político curtido en el arte de la trácala. En su versión de los hechos, fue con los suyos a buscar voluntarios dispuestos a cambiar de piel. Cinco valientes dieron un paso al frente, entre ellos el distinguido Humberto Pedrero, chiapaneco que simuló ser indígena –presentó documentación falsa– para hacerse de una candidatura reservada a las poblaciones oriundas. El diputado Escobar luego hizo una confidencia: se sacrificaron pensando en un bien superior, porque gracias a ellos, Morena aprobaría presupuestos para crear hospitales especializados en la atención de niños con cáncer.

Ninguno de los partidos aclaró que el acuerdo cupular incluía el compromiso de Morena de entregar al Verde las presidencias de las comisiones de Medio Ambiente en las dos cámaras. Estas titularidades se pelean con fiereza, porque obtienen plataformas que les permiten sentarse en presidiums y aparecer en medios de comunicación, además de que las comisiones son el aparato digestivo del Congreso. Aun cuando en ellas no se toman las decisiones finales, sí se hace el trabajo cotidiano y su titular tiene la capacidad de conducción y articulación, lo cual les permite intercambiar favores con cabilderos y partidos.

Entre las pocas certidumbres que hay en esta época incierta, está que los Verdes sacarán jugo, raja y privilegios a las presidencias. Desde 1986 han urdido un gigantesco tapiz de corruptelas y escándalos que ha contribuido al deterioro del medio ambiente.

Los Verdes están actuando como siempre lo han hecho. Lo sorprendente es la decisión de Morena de gastarse una parte de su capital político en una alianza con uno de los ejemplos más acabados del parásito de la mafia del poder. Y Morena lo ha hecho sin explicar las razones; el hermetismo rodea al insólito amorío.

El romance tiene consecuencias negativas para Morena. Meten a un partido paria del movimiento ambientalista mundial en el espacio donde se definirá la postura mexicana frente a uno de los grandes temas del siglo XXI; se abre un flanco innecesario en la lucha contra el crimen organizado (la explotación de recursos naturales es una fuente de ingreso delincuencial) e incurren en una contradicción mayúscula porque, recuerden, se comprometieron a hacer corrección de fondo. Y en el tema ambiental, son urgentes.

Morena actúa como si tuviera escriturada la lealtad de los 30 millones de votantes que pusieron a AMLO en la presidencia. Pregunté a Alejandro Moreno, uno de los mejores especialistas de encuestas del país, sobre el tamaño del voto duro recibido por López Obrador. Según sus cálculos 13 millones 200 mil son votantes leales y 17 millones 800 mil cambiantes. ¿Cuántos de estos últimos se habrán sentido defraudados por el entendimiento Morena-Verde?

El amorío Morena-Verde tiene como Celestina al movimiento ambientalista mexicano que ha perdido frescura y energía. Salvo una carta abierta, ha sido notable la pasividad que mostró cuando se supo la entrega de las comisiones. Es como si ya se hubieran resignado a tener una presencia testimonial y a las tropelías del Verde, cuando vigilarlo y exhibirlo debería ser una de sus prioridades. Es notable el contraste con la reacción que tuvieron artistas y feministas cuando se supo que Morena había entregado las comisiones de Cultura y Salud al Partido Encuentro Social. Ante la protesta, Morena rectificó.

Lo más triste de esta historia es que el romance entre el Verde y Morena seguirá y que, en materia ambiental, la Cuarta Transformación se quedó atascada en un amor que debería estar prohibido.

Twitter: @sergioaguayo

Colaboró Ivan Edai Espinosa Russi.

Etiquetas CDMX Arturo Escobar PVEM

Sergio Aguayo

Académico y analista. Nació en Jalisco y creció en Guadalajara. En 1971 llegó a la ciudad de México a estudiar la licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México. Realizó la Maestría (1971), doctorado y post-doctorado (1977-1984) en la Universidad Johns Hopkins. Desde 1977 es profesor investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México y tiene el Nivel III en el Sistema de Investigadores. Actualmente coordina el Seminario sobre Violencia y Paz en esa institución.

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