Los lenguajes totalitarios

Los olvidados regresan

Los lenguajes totalitarios. Los discursos de odio, exclusión y estigmatización que se promueven desde el poder político no solo han fracturado a la sociedad mexicana.

Sino que también constituyen una construcción lingüística que ofrece identidad ideológica y agregación política a sus seguidores con el objetivo de confrontar a los opositores.

La historia enseña cómo algunos regímenes no democráticos usan y abusan del lenguaje para construir su dominio sobre los demás, a través de la imposición de ideologías y de la creación de movimientos políticos donde el Estado ejerce sobre la sociedad un poder “total”, sin división de poderes y donde no hay libertades o se encuentran muy limitadas.

El lenguaje del Estado totalitario nació en el seno de los fascismos para definir el tipo de régimen político que se proponían construir.

Cuando hacía referencia a su proyecto sobre un nuevo orden político para Italia, Benito Mussolini afirmaba:

“Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.

El lenguaje de los sistemas totalitarios aún continúa presentándose como una representación simbólica de la distinción entre amigos y enemigos totalitarios.

Lenguajes totalitarios 

El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein sostiene que el lenguaje proyecta narraciones, visiones y deseos que se han extendido creando una red de nombres e historias para ayudarse a entender, pero sobre todo para imaginar, los paisajes sociales, culturales y políticos.

Considera que el lenguaje es un fenómeno social inventado, perfilado y transmitido por los individuos.

Es el poder creativo o constitutivo del lenguaje lo que permite crear el significado de la narrativa.

Los humanos utilizan palabras para construir una imagen de sí mismos y de sus vidas.

Respecto al lenguaje se afirma que aunque está constituido por un número finito de elementos permite comunicar un número infinito de ideas.

Se considera que usa los “símbolos” que permiten hacer referencia a las ideas abstractas y la “sintaxis” que facilita la posibilidad de unir y coordinar las palabras para formar oraciones y expresar juicios.

Lo que comienza como un relato acaba por proyectar una concepción parcial sobre el mundo.

Aniquilar a los adversarios 

Los lenguajes totalitarios introducen el epíteto y el adjetivo calificativo para producir caracterizaciones, evidenciar ciertas cualidades de uno o de muchos, y para establecer los elementos distintivos de quienes son sus opositores.

Contienen términos y enunciados que se presentan en coyunturas graves y de enorme peligrosidad para excluir, marginar, sobrepasar y en el extremo, aniquilar a los adversarios.

Este lenguaje se manifiesta por medio de una estructura dualista que busca la coincidencia entre el Príncipe y el pueblo.

El Estado liberal se modifica de arriba hacia abajo a medida que se configura un Estado totalitario que es al mismo tiempo legislador y gobernante.

Así, el Estado se convierte en la simple “auto-organización de la sociedad” eliminando la distinción originaria entre él y la sociedad.

De esta forma, todo problema económico y social se convierte inmediatamente en un problema estatal.

Abolición política 

Queda abolida la separación entre lo político que corresponde al Estado, y los dominios apolíticos de la sociedad que son los presupuestos del Estado neutro.

Una vez capturada por el Estado, la sociedad se transforma en un Estado de la economía, un Estado de la cultura, un Estado del bienestar o un Estado de la prevención social.

A través de la manipulación del lenguaje el Estado se apodera de las relaciones sociales en una totalidad.

Por medio de la topología de los relatos ideológicos y en la medida en que la realidad misma tiende a ser reproducida sucesivamente por su propio relato, el lenguaje totalitario se descubre como un conjunto de narraciones que al final hacen aceptable, para un gran número de personas, la persecución y el exterminio.

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