Acordarse de Acapulco

Hace algunos años, durante el gobierno de Ángel Aguirre, se desarrolló una estrategia de promoción que se centraba en los recuerdos que cada persona podía tener de Acapulco. Inclusive, Guadalupe Loaeza escribió un libro al respecto.

Aquella resultó una buena idea y en el esquema de reactivación del turismo en momentos en los que la delincuencia había generado estragos en la economía.

Ahora que Otis devastó la bahía, conviene tener presente el significado que Acapulco tiene para México. Pocos lugares tan entrañables y que forman parte de una memoria sentimental. Pocos, de igual forma, que envuelven tantas contradicciones entre la opulencia y la miseria.

En esos polos se han desenvuelto muchas de las ilusiones de lo que puede ser México y de lo que todavía es, de ahí que uno de los puertos más bellos del mundo se sostenga en esa tensión social que ahora estalla después del paso del huracán categoría cinco, el más poderoso de todos.

Es duro lo que ocurrió y todavía falta que se controle la emergencia más apremiante, la que consiste, por lo pronto, en satisfacer las necesidades básicas de los acapulqueños. La gente está desesperada y con razón, escasea el agua y la comida, con todo lo que ello implica. La hambruna por momentos roda con todos sus malos augurios.

Falta conocer, a cabalidad, el número de personas que por desgracia fallecieron y localizar a los desaparecidos. Cada uno de ellos representa una historia y tiene familiares y amigos que los lloran o los buscan.

Lo sabemos, lo intuimos de alguna forma, pero no deja de ser estremecedor constatar cómo puede cambiar todo de tajo; los ladrillos que derrumbó Otis eran también cúmulo de esfuerzo a lo largo de décadas.

Las imágenes son impresionantes, porque ilustran el tamaño del impacto y a la vez nos devuelven a otros momentos, a periodos de las historias personales en que el puerto ha estado presente.

Los daños en los hoteles son del 80% y tardarán muchos meses en recuperarse. Algunas de las grandes construcciones son pérdida total y en otras la furia del viento desapareció habitaciones completas. Esto significa que miles de personas van a perder su empleo.

Todos ellos requerirán de apoyos, por supuesto, pero el más relevante es que se hagan todos los esfuerzos para que la economía se reactive, para que los centros de hospedaje funcionen en la medida de sus posibilidades y se abran restaurantes y fondas.

Constará mucho dinero, pero es la mejor inversión que se puede hacer en este momento.

Hay que tener en consideración que igual o peor están las cosas en las zonas de menores ingresos, donde las casas se quedaron sin techos y los vecinos se organizan para que no les roben las pocas pertenencias que sobrevivieron al huracán.

Por eso, más allá de políticos que hicieron o no hicieron lo que les correspondía, hay que tener claro que quienes requieren de la solidaridad son los que viven y trabajan en Acapulco, a ellos se debe la sociedad entera. Y sí, recordemos Acapulco, el de cada uno, para que salga de la urgencia y almacenemos otro cúmulo de historias, las personales, las que, en lo íntimo, más importan.

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